EL CAFÉ
DE LOS ANGELITOS

Ricardo Ostuni

uenos Aires es una ciudad de memorias. La pueblan fantasmas y recuerdos de tiempos que se han ido. El porteño, empecinadamente, se niega a desprenderse de su ayer.


¿Dónde está? pregunta y vuelve cierto
el día del ayer, esa locura
donde habita un pasado que perdura
pues la pregunta afirma que no ha muerto.

En la vieja esquina de Rivadavia y Rincón están todavía los ecos del Café de los Angelitos rebotando por su cascarón desnudo.

Lo había fundado, por 1890 con el nombre de Bar Rivadavia un italiano llamado Batista Fazio. Primitivamente fue reducto de malandras y caferatas cuya traducción del lunfa básico corresponde, más o menos, a gente de mal vivir. Verdaderos "angelitos", según la socarrona afirmación del comisario de Balvanera quien, sin saberlo, le estaba dando carta de bautismo a uno de los más populares cafés de Buenos Aires.

Cuando en 1919 lo adquirió don Angel Salgueiro en la suma de setenta y cinco mil pesos, ya habían hecho famosa la esquina las presencias de Gabino -el negro payador del Himno a Paysandú-, Higinio Cazón, José Betinotti, José Razzano, Carlos Gardel, Roberto Cassaux, Florencio Parravicini y los prohombres del socialismo argentino que tenían su Casa del Pueblo cincuenta metros más al oeste por la misma calle Rivadavia.

Cuentan que era frecuente ver llegar a Juan B. Justo, a don Alfredo Palacios -por entonces joven mosquetero de la política con el brillo de haber sido el primer diputado socialista de América-. Sabía recalar también otro de los nombres imborrables que Juan Manuel Gálvez cita entre los amigos y maestros de su juventud: José 'Pepe' Ingenieros.

El anecdotario es inagotable. Fue en el Café de los Angelitos donde una noche de 1917, don Mauricio Goddart -director artístico del sello Odeón- contrató al ya famoso dúo criollo Gardel-Razzano, quienes debutaron en el disco con Cantar eterno y El sol del 25. Y fue también allí donde Carlitos, celebrando una de las victorias de su célebre pingo, Lunático, hizo un convite de puchero corrido que duró hasta el último canto del gallo.

Por 1928 también los radicales caían por el café. Inaugurado el nuevo edificio del Congreso en la esquina de Rivadavia y Entre Ríos, muchos políticos del viejo partido de Alem solían arrimarse a la tertulia con sus adversarios los socialistas. Y en la década del 30 fue el Malevo Muñoz -Carlos de la Púa- el de La crencha engrasada quien supo animar otros encuentros de poetas, periodistas o simplemente manyines que buscaban el garrón de alguna mesa bien servida.

El tiempo -la infinita trayectoria de ese río que el griego ha revelado- fue mutando la ciudad, apagando voces, segando rostros, diseñando olvidos. La bravía esquina de Rivadavia y Rincón fue transformándose en ajetreado periplo de oficinistas laburantes. El café pecó de bar americano propiciando de día algún almuerzo al paso. Por las noches pagaba su penitencia recobrando tangos.

Café de Los AngelitosLos porteños no advertimos que poco a poco íbamos perdiendo otro de nuestros santuarios -como dice Bossio-. El último eslabón de esa inolvidable sucesión de cafés que poblaron la avenida de Mayo desde fines del siglo anterior, cerró sus puertas en 1993. De todos, solo el Tortoni queda en pie. El Berna es un remedo de su antiguo lustre en la esquina de Avenida y Sáenz Peña. Los otros, son solo nombres en el recuerdo. El Café de los Angelitos es una esquina deshabitada, con la tapia mortificante de una pegatina de afiches y sus dos querubes en lo alto de la ochava clamando a la ciudad por una redención que tarda.

 

 

 

Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.24  Abril-Mayo  1997

 

 

 


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