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65 años, en el invierno de 1929, Enrique Santos Discépolo estuvo en
Montevideo, coincidiendo
su llegada a nuestro país con la aparición de una revista quincenal
cuyos propulsores eran gente del diarismo montevideano: en especial
el boxeador Manuel Esmoris, a quien se conocía como "Petit Carpentier",
por su admirable estilo boxístico. Esmoris apalabró a varios periodistas
para colaborar con aquel intento, tan difícil como han sido siempre
todos los intentos periodísticos en Uruguay.
Hablando con el periodista Ignacio Domínguez Riera,
le explicaron que la nueva publicación se llamaría "La Canción
Popular": "tendrá puras letras de tango, valses, rancheras y
alguna nota". En seguida, el desafío amistoso: "¿te
animás?" Domínguez Riera, o "El Botija", se animó, y
en el primer número publicó un reportaje a Discepolín, a quien había
conocido en el camarín del Teatro Solís, gracias a la colaboración de
Osvaldo Medina, un colega que había trabajado en "La Razón"
de Buenos Aires.
Cuando Medina le preguntó si quería conocer al
letrista argentino que se había hecho popular en ambas márgenes del
Plata, Ignacio contestó: "Ya lo creo", pensando que sería
una buena ocasión para reportearla, como querían sus amigos de la
sección distribución de "El Plata", un vespertino que
entonces salía en "la tacita del Plata", de ahí su nombre.
Años más tarde, I. D. R. contaría cómo fue aquel
encuentro con el genial autor, a quien describiera como "un hombre
joven (aún no había cumplido los 30 años) con ancha frente de
pensador, mirada fija y profética y mentón de rebelde. Todo ello hizo
que muriera varias veces en la vida".
Al ingresar al vestuario donde Discépolo se
maquillaba para salir a escena, fueron presentados y quien iba a ser
entrevistado observó al cronista "de frente, como midiéndome", en tanto la mirada
inquisitiva del periodismo se
encontraba con el rostro de una hermosa mujer, de enormes ojos, que
figuraba en una fotografía, sobre una repisa.
-¿Quién es?, preguntó Domínguez Riera.
Era Tania, la mujer de la cual el artista estaba
enamorado, aunque según confesó "hay oposición". Lo dijo
"sonriendo, con ese gesto al que añadía siempre una pequeña
dosis de ternura".
El periodista quiero saber quién se oponía, y
Discepolín contestó "en tono ligero": "el marido".
Y como creyó captar un gesto solidario del entrevistador, procuró
calmarlo: "No se preocupe. Se va a arreglar".
En uno de sus exitosos libros, en los que recordó lo
que para él fue "el querido lustro del 28 al 33", Ignacio
concluyó: "se arregló por 21 años"...
Contra la corriente
En el camarín del "Solís", Discépolo
habló de sus últimos tangos, que tenían letra y música propias:
"Qué vachaché", "Chorra" y "Esta noche me
emborracho", a los que seguirían luego, en rápida sucesión, por
el ancho camino del éxito, "Malevaje" y "Sos un
arlequín", que a Domínguez Riera se le ocurrió "una especie
de autodefinición precoz"... (Por aquellos sucesos que tuvieron
lugar cuando Discépolo se convirtió en "Mordisquito").
Todavía se piensa que el fracaso inicial de
"Qué vachaché" (deformación de "que vas a hacer")
se debió a que hasta ese momento las letras de tango pedían regresos,
añoraban ausencias y gemían traiciones. En cambio, de ese tango que
hizo que muchos se sorprendieran primero y se indignaran luego,
silbando y pataleando, Discepolín presentaba el más despiadado
"raje" que una mujer puede dar a un hombre, del modo más
realista posible... Escondía el germen del más profético y perdurable
de sus tangos: "Cambalache".
En el reportaje que se publicó en el Nº 1 de
"La Canción Popular" (en cuya tapa un malevo dejaba que la
"mina" se fuera, confiando en que ya volvería con el caballo
cansado) Discépolo confesó a Domínguez Riera que el lunfardo le
parecía "una cosa completísima" pero sin embargo "no
adopto todas las palabras sino aquellas que me suenan bien, que son
eufónicas y de gran fuerza. De ahí proviene la economía de mis
letras de tango. No me gusta malgastar una frase. Hay que olvidarse de
aquel ‘la amaba con loco frenesí’ y tonterías por el estilo. Hay
que estar con lo nuevo."
Una gabardina para la risa
Para Domínguez Riera el genial compositor se
convirtió en un amigo entrañable, que una noche, estando en Buenos
Aires, le dijo: "no vengas a verme cuando estés arriba; vení a
verme, sin falta, si estás tocando el piso".
En otra ocasión, cuando Domínguez Riera lo visitó,
en la capital porteña, vistiendo muy orondo una gabardina reversible,
de un lado verde y del otro beige, Discépolo le bajó los humos:
"Yo había bajado del ‘Brazil’ muy ‘jarifo’ y Enrique me
tomó la mano, me miró de arriba a abajo, advirtió mis pilchas y, con
ironía, dijo:
-¿Y eso qué es? Está maduro de un lado y verde del
otro...
Domínguez Riera solía citar el hecho que servirá
para que lo investiguen nuestros compañeros de "Club de
Tango", porque nos parece digno de estudiarse. Estando en
Santiago de Chile junto a Discépolo, en 1940, éste pronunció una
frase que dejó a todos en suspenso: "el tango es un pensamiento
triste que hasta se puede bailar"...
Años depués,
Domínguez Riera encontró, en un
libro de Gómez de la Serna, una frase similar, pero sin el "que
hasta se puede". Simplemente: "que se puede". Para
nuestro compatriota, ya desaparecido, "en cosas aparentemente tan
pequeñas refulgía el genio de Enrique". Cuando cotejó la fecha
de edición del libro, con sus recuerdos de Chile, comprobó que Enrique
Santos Discépolo lo había dicho primero. El estimaba que "se
trató de una coincidencia muy factible".
Otros más autorizados que yo podrán decir si tenía
razón o no.
Lo cierto es que hace 65 años, en pleno invierno
austral, los montevideanos de la generación anterior a la mía (mi
madre, que nunca me falte, se casó en mayo del 29) Discepolín estuvo
entre mi gente. Para Ignacio Domínguez Riera, un periodista de raza, al
que estimé enormemente, se trataba simplemente de "un gran
muchacho, un espíritu amplio, una cultura singular, un autor
inteligente y un intérprete de calidad ventajosamente definida. Como
hombre de tango, sobresaliente".
De yapa, las últimas cinco palabras escritas por I.
D. R. en aquel reportaje que se publicó en el primer número de
"La Canción Popular": "como hombre puntual, una
calamidad". Se refería a que Discepolín había fallado a su cita
en el Tupí viejo, el que mentara cariñosamente Héctor Gagliardi.