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El repórter va una noche a un
cabaret
-terrible palabra para oídos castos-, cree asistir a un
espectáculo orgiástico y divertirse una enormidad, y, al
fin, resulta siendo un atrevido y tiene que pagar caro su aburrimiento: diez pesos por opiarse
dos horas entre gente
muy grave.
amos a ver un cabaret por
dentro, señores; pero antes es necesaria una pregunta: ¿Saben ustedes lo que es un cabaret?
En estos últimos años, los autores del teatro nacional han descubierto que el cabaret
es un lindo tema para explotar con provecho pecuniario. Desde "Los dientes del perro", que
lo sacó a escena con tanto éxito público, varias son las
obras que han estrenado nuestras compañías dramáticas, sin otro motivo que el
del cabaret. Como apenas ha quedado persona en Buenos Aires que no haya visto
alguna de esas representaciones, pocos serán los que no se crean autorizados a
responder afirmativamente a la pregunta que acabamos de formular, describiendo
el cabaret como un lugar de máxima diversión y orgía, como un antro de
locura y perdición, según el concepto que de la famosa institución parisiense
tienen las señoras ancianas.
Pues bien, señores: están ustedes equivocados
fundamentalmente. El cabaret verdadero (en nuestra capital, cuando menos) dista
mucho, muchisimo, de ser el que nos ofrecen los escenarios nacionales, y
muchísimo más aún del que se imaginan las mamás severas y melindrosas. Vamos
a verlo.
UNA SALA DE "TEA ROOM"
Todo el cabaret (cualquiera de los varios que hay en Buenos
Aires) se reduce a un salón más o menos amplio, alfombrado de rojo, empapelado
severamente y con
iluminación ordinaria.
Ni hay tal edificio típico, como se supone, ni tales pinturas escandalosas murales, ni tales guirnaldas
de lamparillas, con profusión de colores. Un salón de café como los que hay a
vista de todos, y aun, a veces, de adorno más discreto.

El salón tiene como treinta mesas, algunas de ellas
cubiertas con un mantelito impecablemente almidonado, de rígidos dobleces.
Están dispuestas para el servicio de licores de gente alegre, como podían
estarlo para un "tea room" familiar. Hacia la pared de enfrente,
entrando, las mesas separadas, dejan vacío un espacio de cinco metros por cinco
(milímetro más o menos), destinado para bailar, y terminando este espacio,
junto a la pared, se eleva un altillo, con baranda de terciopelo rojo, para la
orquesta, que es la de cualquier café habitual.
Bien dispuesto, todo ordenadito y simétrico, sin recovecos y
sin mayor variedad, el salón mismo ya no parece muy incitante a armar gresca.
COMPOSTURA Y GRAVEDAD, SON LAS CARACTERÍSTICAS DE
LA CONCURRENCIA
Al entrar, lo primero que sorprende es el silencio y la
compostura que todo el mundo guarda en el salón.
Están ocupadas casi todas las mesas: unas, con hombres
solos; otras, con mujeres solas; otras, con clientela mixta. Saludan muy
correctamente a los que van entrando. A las mujeres se les adivina la índole
porque, sin levantar los codos de la mesa, dan vuelta a la cabeza y miran
fijamente, aunque con marcada displicencia.
Los hombres
(jóvenes en su mayoría) visten elegantemente;
están sentados con absoluta corrección; fuman, y, de cuando en cuando,
se llevan a los labios con gran delicadeza la copita de licor que tienen
delante. Si los de cada mesa hablan, sería cosa de creer que hablaban por
señas, pues no se les oye palabra.
¡Pumba, pumba!... Los corchos del champaña contra el techo, la
espuma que se
derrama...
Tontería: ni estampido, ni espluma, ni algazara, ni nada. Hasta ahora no
hemos perdido la impresión de un té familiar y aristocrático, que nos
ha dado el local. Si algo pudiera
decirse de aquellos mozos que la gente se imagina tan perdidos, es que parece
que quieren rivalizar en peinado con bandolina y en chalecos
blancos.
Nos han mirado como con un poco de sorpresa, al entrar, porque no éramos
habituales; pero luego, en toda la noche nos han dejado lo mas tranquilos, hasta
casi fastidiados al ver que le importaba tan poco nuestra presencia.
El, TANGO CON CORTE Y UN BAILARÍN QUE SE DESTACA
La qrquesta ha roto con un valse muy conocido.
Pensamos que
ahora no más van a empezar los músicos o el público a los
gritos, a hacer sonar pitos o matracas; pero no: los músicos, severísimos en
sus funciones, no habrían ejecutado con mayor parsimonia
la Sinfonía Heroica, y la concurrencia permanece alrededor de las
mesas en su charla muda.
Después de algunos compases, dos de las mujeres
que están sin compañero, salen al estadio y valsan, haciendo de hombre una de ellas que no hay
más que pedir. CuandoLliin(io han dado unas vueltas, otra de las mujeres les dice desde una
mesa: ¡Fuera! silbato al mismo tiempo. Ellas sonrien y siguen, hasta concluir
el valse.
A los pocos minutos vuelve ha hacerse oír la
orquesta; pero ahora con tango.
Evidentemente, el tango produce algo más de animación en la sala; pero no
todavía, ni con mucho, la que nos suponemos. ¿Vendrán ahora los gritos destempl ados y los mil ruidos rarísimos
que oímos en el cabaret teatral?
Al sentir las primeras notas del tango, entre las
mesas se produce un leve movimiento general. Los jóvenes toman
pareja y salen; pero mujeres y hombres salen
serios, se toman de las manos y del busto sin el menor
desenfado.
Los modos del baile son infinitamente más santos que los
de cualquier "reunión social". ¿Tango con corte? Sí, si es
que a esto se le llama corte; pero, en ese caso, de un corte muy
discreto. Así como ante las mesas todos parecen que rivalizaran en
corrección, en el baile todos se muestran formalísimos. Los hombres, tiesos,
rígidos, danzan a paso medido y circunspecto, Iuciendo más que nada el
charol del zapato; y las sinuosidades femeninas, en ningún momento
quiebran la línea normal del paso callejero.
Uno de los bailarines (casi una mosca blanca) quiere
lucirse pronunciando más el corte y haciendo la quebrada en las vueltas
de esquina; pero se ve que no es lo acostumbrado, porque la
compañera tiene cara de de disgusto y se cimbrea de mala gana.
La orquesta calla y los tripudiantes vuelven a sus
asientos respectivos, sin jadeo, sin risas, sin comentarios, otra vez a mirar
el humo de los cigarrillos y a catar los licores delicadamente.
¡Oh, la gente alegre del cabaret!
POCO DESCOTE, LUTO E HISTORIAS SENTIMENTALES
Conforme vimos a las mujeres ante las mesas, ya nos fijamos
en que las batas no eran, precisamente, las de una época de escasez de
géneros. Brazos y cuellos más descotados se pueden ver todos los días a la
salida de misa. Ahora, en el baile, hemos advertido que tampoco las polleras
huyen del suelo. En la calle Florida, a cualquier hora del día, resulta más fácil saber de qué color son las
medias femeninas.
Otro detalle de la vestimenta de las mujeres:
hay unas treinta, y de las treinta, seis visten de negro.
¿Están de luto? No; es que la apariencia del luto las hace más atrayentes.
Los muchachos van a divertirse; pero ellas, que están en su oficio, saben bien
lo que hacen al ponerse en sentimental. Alguna de ellas, recogida en un rincón
con uno de los concurrentes, que la escucha muy atento, hasta se ve obligada a
inventar una tragedia familiar y a poner la cara compungido, en consonancia con
su vestido.
UN PATOTERO. ¡QUE LO ECHEN!
Vuelven a tocar un tango. Están en los primeros pasos,
exactamente como antes, unas diez parejas, cuando se oyen unas voces como de
discusión, hacia una de las mesas.
-¿Qué pasa, qué pasa?
El joven aquél del corte y las quebradas ha invitado al
baile a su compañera de antes; ella se ha negado; él ha pedido explicaciones;
ella ha insistido en la negativa, diciendo que no tenía ganas de bailar.
Entonces él, ofendido, ha levantado la voz.
Al oírle, los bailarines se han detenido; los de las mesas
se han levantado, mirando hacia el lugar del ruido, pero sin moverse de su
sitio; los seis mozos de servicio han corrido presurosos a rodear al díscolo, y
uno que parecía capataz o encargado o patrón, se ha acercado también y,
después de enterarse del origen de su protesta, ha dicho:
-Y, caballero; estará cansada.
-¿Para qué está aquí, entonces, para qué? -replica el
otro en pésimo tono.
-iQue lo saqueni! -exclama uno desde otra mesa; y
todos le hacen coro en seguida:
-¡Que lo saquen, que lo saquen! -gritan de todos lados; y le
arman tal
silbatina al tipo, que tiene que retirarse, acompañado hasta la puerta por el
que parece capataz.
-Es un patotero -dice despectivamente una de las mujeres,
cuando el protestador se ha ido.
Bueno: y a hemos oído los gritos y los chiflidos y el
batifondo del cabaret.
La orquesta sigue con sus tangos, alternados con algún valse
o algún "fox-trot", que nadie baila.
TRES QUE VIENEN A DIVERTIRSE
Desde hace rato, venimos observando a tres señores, ya de
cierta edad y elegantes como todos, que se acodan en una mesa frente a la
nuestra y no han dado señas de moverse ni hablar después de haber pedido las
copas, que todavía permanecen intactas. Tienen un aspecto de gravedad que
descorazona. Nos despierta curiosidad su actitud y no podemos resistirnos a
preguntarle a la mujer que tenemos cerca, qué vienen a hacer al cabaret.
-¿Qué van a hacer? Divertirse -nos responde la interrogada,
al tiempo que lanza un formidable bostezo y se da una palmada en la boca
abierta.
-¿Y vos? ¿No bailás? -nos pregunta la misma mujer.
Confesamos que nos ha chocado bastante ese "vos" de
la pregunta. Parecia propio del caso y del lugar que nos dijese:
-¿Y usted, caballero?

EL ABURRIMIENTO ES UN ARTÍCULO CARO
En fin, después de dos horas de expectativa, pensando
inútilmente ver romperse aquella monotonía agobiadora, hemos pedido la cuenta.
¡Diez pesos!...
Pero es mejor no protestar: el aburrimiento hay que pagarlo.
Otra noche, si nos queremos divertir y ver gente alegre y tangos con corte y
hombres de andar cadencioso y borrachos y patoteros y provincianos atolondrados
y descotes y tobillos, y oír bulla y juerga en toda la linea; en fin, si queremos asistir a un cabaret , iremos a un teatro nacional. Por un peso,
hasta es probable que nos toque alguna generosa vecina de platea.
Artículo
publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.44 Septiembre-Octubre
2000
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