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La verdad es que algo debe
existir dentro del tango. Todos los bailes nuevos se imponen. Triunfan. Y ¡adiós! El viento se los lleva... Sólo el tango va quedando, haciendo
dibujos en la alfombra como las mariposas de la primavera que, según Fabre,
viven muchos inviernos...
El tango, por consiguiente,
como elemento de la vida humana, provee a los sabios de argumentaciones
filosóficas. El primero en dar la voz de alarma ha sido el maestro de baile
don Juan E. de Chlkoff, el cual, hace un año, expuso por
radiotelefonía sus impresiones sobre el tango.
-El tango -dijo, más o
menos- es el padre, la madre y el hijo de todos los bailes modernos. Hay en
él tantas armonías, tantas figuras y tanto corazón, que el fox-trot,
los blues y el charleston, no son
más que préstamos del tango. A través de todas las danzas modernas, un profesor de estética puede ver fácilmente, como con rayos Roentgen,
que el tango argentino es el esqueleto de esas danzas. Vale decir: siempre
el tango, vestido a la yanqui, a la inglesa, a la rue de la Paix. Siempre
el mismo tango con diferentes apellidos.
Muchos preguntarán:
-Pero, en efecto, el tango
¿es argentino?
Parece que la música vino
con los candombes en los buques negreros que llegaron del Congo. Pero el
tango, como danza, se improvisó en América -en el viejo Buenos Aires
virreinal-, cuyos negros, al son del tamboril, daban saltos y hacían dengues, esguinces y
ademanes, sin pretensiones de bailar, pero... bailando.
Consultado Chlkoff, nos ha
dicho: -He escuchado una versión que me parece la más acertada.
Atribuye los comienzos del tango a las danzas de la servidumbre colonial
durante el virreinato. La gente de color se congregaba en
bulliciosos festivales. En ellos se bebía y se cantaba sin moderación. Cuando la
alegría de la fiesta llegaba al paroxismo, los concurrentes, inspirados por el
alcohol, ¡mprovisaban al ritmo del tambor africano, una danza lúbrica y desordenada, en la que los pies de los
danzarines trataban de seguir el ritmo sincopado de la música negra.
-
¿Y el
nombre de tango?
-Parece que no es
africano.
Nació en Buenos Aires, en el famoso "barrio del tambor", de que habla Wilde. Me atrevo a
afirmar que su nombre
es palabra castellana, derivada del latín: tángere. No seria
raro, entonces, que algún predicador de los que en aquella época
salpicaban de latinajos sus discursos, y fundado en que esta era la
única danza en la ciial las parejas se enlazaban, le hubiese llamado
la danza del tocamiento, esto es, tango, de tárigere, tocar.
La explicación no
es desacertada. El tango refinado y culto se introdujo en
los salones, y, sin perder su gracia, se capto las simpatía de las
madres modernas. De las antiguas ¡no se diga!
-¿El tango? íqué inmoralidad!
El delito más grave de que se acusa a
Manuelita Rosas es el de su presencia en los candombes, viendo
bailar el tango de los negros. En el libro de Carlos lbarguren
vemos a la pobre muchacha presenciando, por orden de su padre,
cómo las parejas de negros se derretían en el tango. Ella iba
obligada por la política paterna. El tirano necesitaba que los
negros de Buenos Aires -el treinta por ciento de la población-
creyeran en su afecto protector. Los halagaba enviándoles a lo
que más amaba: a su hija... Y cuéntase que la misma Manuelita,
para no desairar a la negrada, bailó también con ellos el tango
primitivo.
No se equivocaba el gran Restaurador. He aquí lo que José Antonio Wilde nos
dice:
"Los negros llegaron a tener su...
página
negra, Vino el tiempo de Rosas, que todo lo
desquició... En el sistema de espionaje establecido por el tirano,
entraron los negros a prestarle un importante servicio, delatando a varias familias y acusándolas de salvajes unitarios. Las
negras se hicieron altaneras e insolentes, y las señoras llegaron a
temerlas tanto como a la Mazorca." (Pág. 140.)
El tango, pues, contribuyó
a las luchas de la tiranía. Después, salió de los candómbes para
entronizarse en el viejo barrio de San Telmo, donde estaban los
Mataderos. Más tarde, pasó a la Boca de¡ Riachuelo, donde el
acordeón genovés v la guitarra, introdujeron en la danza criolla
un sentimiento más culto de la armonía, sin que el baile
perdiera su gracia voluptuosa. Luego, el bandoneón perfeccionó sus
movimientos, dándole más ensueño y purificándolo de procacidad.
Apareció entonces, el primer tango escrito, que se llamó
"Bartolo", y de allí saltó al
escenario de los teatros nacionales, donde Ezequiel Soria hizo que lo bailaran artistas españoles
como Enrique Gil, Félix Mesa, Ángeles Montilla, Julio Ruiz...
Así el tango se embarcó para Europa v, impuso en los teatros de Cádiz, de Sevilla, de Barcelona y de Madrid... Surgió la
"Bella Otero" y lo llevó a París, donde Liana
de Pougy se enamoró de su ritmo, lo
difundió como una danza bárbara entre sus canciones
parisienses, y, enseguida, Mistinguett lo canonizó junto
con la machicha brasileña.
Tal es la historia de nuestro lindo
tango. Pero, como no hay historia sin filosofía, he aquí
que el baile nacional tiene la suya.
-El baile -ha dicho Bergson- es , la
ley
filosófica del movimiento. Tiene entre los sexos la misma
importancia de la palabra. A veces, un giro de tango habla
más al alma de una mujer que diez tomos de Shakespeare.
Esta opinión del elegante filósofo de
la Sorbona es aprobada por el propio filósofo
Chikoff, que afirma: -El tango en los salones ha traído como
consecuencia una vinculación social que no existía antiguamente
cuando el minué federal, tan hermoso y tan místico, mantenía
a los hombres y a las mujeres
separados por una frialdad que daba a las reuniones sociales la
tristeza alegre de los velorios de angelitos.
El tango aristocrático, artístico, que permite
hacer frases armoniosas con los pies, extingue el miedo que la mujer
suele inspirar al hombre.
Esta es la verdad. El hombre, que se cree
tan audaz, tan agresivo, tan valiente con las mujeres, se s¡ente
tan poca cosa frente a ellas, que sólo el tango le recuerda que es
el Dominador.
El baile -ha dicho no sé quién- es:
A los quince años, una necesidad orgánica.
A los veinticinco años una necesidad
moral.
A los cuarenta años, una necesidad social.
A los cincuenta años, una necesidad filosófica.
A los sesenta años, ya no es necesidad.
En cuanto al tango, siempre seguirá viviendo en
los
salones haciendo dibujos en el aire, como las
mariposas. Es inútil que otras danzas queran eclipsar su predominio. Tango viene
de tángere; de noli me tángere,
"no me toquéis".
El tango parece, pues, que dijera eso
mismo: -"nol¡ me tángere"-, traducido a la lengua
argentina: -¡Nadie me pisa el poncho!
Colaboración: NICOLÁS STRANJER
Artículo
publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.48 Marzo-Abril
2001
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