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Recordando a
Eduardo Monelos

Enrique Horacio Puccia

Pocos días antes de su muerte, don Enrique Puccia estuvo en nuestras oficinas para entregarnos el artículo que publicamos en este número. Era el primero de una serie que escribiría para Club de Tango. No pudo ser; el destino le jugó su carta más brava.
Enrique Puccia fue para nosotros, un amigo y un maestro. De él recibimos el permanente aliento cuando emprendimos la publicación de La Gaceta de Palermo -revista de rescate histórico del tradicional barrio porteño. También sumó su entusiasmo y su consejo cuando le confiamos la idea de Club de Tango.
Era un hombre esencialmente bueno y noble, con mucho de sabio, pero, por sobre todo, con una gran humanidad. Su palabra siempre fue buena consejera, como su mano afectuosa y cordial.
Era un amigo y nuestro mejor homenaje es evocarlo como tal.

 

n esta nota pretendemos reseñar la breve pero brillante trayectoria artística de Eduardo Monelos, eximio ejecutante de violín que integró la pléyade de prestigiosos intérpretes de nuestra música ciudadana, en una época en que era preciso bregar bravamente por el afianzamiento de la misma en todos los ambientes.
Para tratar de valorizar la modesta contribución que hacemos al exponer la trayectoria del joven músico, cuya vida se tronchó cuando tanto aún se podía esperar de su talento creador, en su condición de intérprete y de compositor, contamos con el invalorable aporte de una serie de notas gráficas que van jalonando las breves pero distintas etapas de su andar por los caminos del tango, captada primero aquí, en la ciudad de sus amores, luego en la nave que los llevó a él y a sus compañeros de sueños hasta la tierra gala, para aquerenciarse en la Ciudad Luz, dispuestos a hacer escuchar los compases acariaciadores de nuestras expresiones musicales. Sus envíos a familiares y amigos que completaban con mensajes y noticias de cuanto les iba ocurriendo a Celestino Ferrer, a Vicente Loduca y a él -los componentes del trío musical- como también al vasquito Casimiro Aín y a su esposa Martina, que con sus bailes matizaban las interpretaciones que se brindaban al público.

Eduardo Monelos había nacido en 1892 en Barracas, y solo contaba 25 años de edad cuando cerró sus ojos a la vida el 7 de febrero de 1917. Revistó en esa falange de músicos barraquenses que tanto lucharon por la imposición de nuestro tango; sus amigos Lorenzo Arola, don Agustín Bardi, Arturo y Luis Bernstein, Graciano y Pascual De Leone, el gallego Emilio Fernández, Angel Pastore, Antonio Cacace, el francesito Enrique Pollet, Carlitos Marcucci, seguidos años más tarde por Rodolfo Sciammarella, Domingo Platerotti, Eduardo Del Piano, Emilio Brameri, Vicente Vilardi, Juan Navarro, Francisco Teodoro Espósito (hijo del famoso Tano Genaro), Normando Lázara, Armando Posada, Carlos Cubría, Enzo Gagliostro, Angel Condercuri, Mario Nuñez, Ernesto Silvestri, Juan Gelabert, y tantos otros que aún siguen firmes en esa lírica cruzada...

Argentinos en parís

Ya anteriormente, a principios de siglo, había actuado en España la avanzada de arte nativo encabezada por los hermanos Petray y en la que revistó además Alfredo Gobbi. Posteriormente, en 1907 lo volvió a hacer don Alfredo, en esta ocasión en París, Francia, con su esposa la cantante Flora Hortensia Rodríguez, que habían constituido el popular dúo Los Gobbi, y acompañados ambos nada menos que por don Angel Gregorio Villoldo. Viajaron contratados por la desaparecida firma Gath y Chaves, con el fin de grabar allí una serie de discos con destino al público de nuestro país. En esa época lo hicieron también don Enrique Saborido, el feliz autor de las músicas de La Morocha y Felicia, entre otros grandes éxitos, pero ya como profesor de baile, dispuesto a enseñar a bailar el tango en aquellas lejanas latitudes, al igual que lo hiciera el renombrado bailarín Bernabé Cimara. A ellos se les sumaron un grupo de jóvenes de la elite porteña, que en sus estadías en la ciudad francesa recorrían a diario los lugares nocturnos, dispuestos a demostrar a las entusiasmadas francesitas, el arrebatador encanto que encerraba el tango.

Tornando a su difusión en el extranjero, ello demuestra, al menos de acuerdo con nuestros conocimientos, que el primer conjunto musical (aún siendo simplemente un terceto), que interpretó nuestra música ciudadana en la Ciudad Luz, fue constituido por el pianista Celestino Ferrer, el bandoneonista Vicente Loduca y el personaje evocado en esta nota, Eduardo Monelos como ejecutante de violín.

Fueron muchos y significativos los éxitos alcanzados por esos tres pioneros en los salones de la capital francesa, y la repercusión de los mismos quedó reflejada en la cantidad de grabaciones que hicieron para la firma Pathé.

 

Otros rumbos

Fue tal el prestigio logrado en las presentaciones públicas del terceto y la repercusión que merecieron sus grabaciones, que se les formuló una tentadora oferta para viajar desde París a Nueva York y proseguir en la monumental ciudad estadounidense cosechando éxitos.

Lo cierto es que la declaración de la guerra del 14 desbarató muchos planes trazados por Ferrer, Loduca y Monelos. Tenemos entendido que el pianista se radicó definitivamente en Europa, o regresó por un corto lapso a la patria para luego embarcarse nuevamente hacia el Viejo Mundo; que Loduca, tras constituir un conjunto que llevaba su nombre y grabar varias composiciones (una de ellas, un tango de Monelos), se radicó en Brasil, perdiéndose a partir de allí, todos sus rastros. (Reiteramos que no aseguramos la veracidad de estas últimas informaciones, por cuanto si bien así lo tenemos entendido, tampoco podemos afirmarlas).

Solo Monelos se radicó en su patria, en sus viejos lares barraquenses, hasta que sobrevino su lamentada desaparición.

 

Trayectoria de monelos

Eduardo contaba con una sólida formación musical, adquirida en el Conservatorio Thea Massan. Había egresado como profesor superior de violín, solfeo y armonía a muy corta edad, y su capacidad de ejecutante quedó evidenciada en los muchos recitales que ofreció en esta capital y en la ciudad de La Plata.

Su labor profesional resultó ser relativamente breve, pero no por ello menos intensa y positiva. Casi al finalizar la primera década de este siglo, cuando la música de tango había cobrado sumo auge, especialmente en los cafés situados en la Boca del Riachuelo, en torno de la picante esquina de Suárez y Necochea, el músico barraquense actuó en El Argentino, completando un trío junto al popular bandoneonista Ricardo González Mochila y el famoso pianista de color Harold Philips. Luego lo hizo en un local de gran prosapia tanguera: el café La Buseca de la vecina ciudad de Avellaneda, esta vez con sus dos grandes amigos del barrio de Barracas, el tigre del bandoneón Lorenzo Arola (ambos contaban con la misma edad, pues habían nacido en el transcurso de 1892), y el popular guitarrista el gallego Emilio Fernández. Cuando el autor de La Cachila dejó su puesto, Monelos continuó haciéndolo en el mismo local, esta vez acompañado por otros dos camaradas del barrio sureño, el bandoneonista Graciano De Leone y el pianista Angel Pastore. También Monelos integró otro trío, formado por el mismo De Leone y nada menos que don Agustín Bardi, como pianista. Monelos integró varios conjuntos montevideanos, al igual que en otros que se iban constituyendo en nuestra capital, hasta que sobrevino su viaje a París.

 

Correspondencia

Durante el tiempo que Monelos permaneció en Europa, mantuvo un vivo contacto epistolar con sus familiares. enviándoles además varias fotografías, en las que se lo ve junto a Ferrer y a Loduca. El 5 de setiembre de 1913 envió a uno de sus hermanos, que vivía en la calle Puentecito (hoy Luján) Nº 365, en el barrio de Barracas, una foto que aparece reproducida en esta nota y que lo muestra junto a una eventual amiga parisiense. En el dorso de la misma escribió: "Biarritz, setiembre de 1913. Ahí me presento yo y compañía, haciendo amor aéreo; una de las novias de París. (¡Qué no la vean en esa algunas novias mías! ¡Se enojarían!)". Firmaba también la breve esquela, la dama que aparece junto a él, de nombre Irene.

A su regreso a la patria fue cuando integró el trío que ya hemos citado, junto a Bardi y De Leone, para actuar en un cine situado en la Avda. Mitre de la ciudad de Avellaneda. Revistó además como profesor de violín en el Conservatorio que sostenía en Barracas la Sociedad Coral y Musical "Amílcare Ponchielli", que fundada en 1905 desarrolló una extensa labor de difusión artística durante siete décadas, hasta que lamentablemente debió cesar en sus actividades.

En 1915, siempre con De Leone y un pianista apellidado Pérez, viajó a Córdoba para actuar en el salónbar del famoso Hotel Victoria, que inspiró a Feliciano Latasa para crear el célebre tango homónimo, convertido con el tiempo en uno de los clásicos de nuestra música popular.

 

El final

Poco tiempo después, Monelos se radicó en la provincia serrana, en la localidad denominada Puente Alvear (-¿razones de salud, tal vez?). El 11 de agosto de 1915 le envió una postal a su hermano Antonio, que entonces vivía en la calle Jorge 891, siempre en Barracas. En ella expresaba: "Querido hermano. Recibí hace varios días tu tarjeta y me alegra que sigas bien como yo, por el momento igualmente. Respecto a lo que me decís del trabajo, en ésta por el momento es difícil, pues todavía no tengo conocimiento para eso, y aquí a más hay muy poco, pues en esta provincia no hay fábricas ni talleres donde poder trabajar. En fin, más adelante si puedo mandaría decir algo mejor." Luego, refiriéndose a una foto que acompañaba a la carta, agregó como postdata: "A una cuadra del Río Iº de Córdoba, tengo yo la pieza, que tiene un balcón al río, donde me siento a tomar el aire todos los días. Recuerdos a todos, Eduardo".

De acuerdo con el texto que hemos transcripto, se deduce que Monelos debió radicarse en aquella localidad cordobesa con el fin de reponerse de alguna afección pulmonar. Su hermano Antonio procuró acompañarlo y buscar trabajo allí para que no estuviese solo, alejado de sus familiares, hasta que se produjera la recuperación de su salud y poder retornar ambos a sus lares.

El 1º de abril de 1916 envió otra foto registrada en Ascochinga, en la que aparece con varios amigos. Ese mismo año, Vicente Loduca, esta vez al frente de su propio conjunto, gravó en Disco Victor 65935, el tango de Monelos al que ya hemos aludido, titulado El Chiquito, llevando en la otra faz el de O. Ramos, Púas bravas.

Vuelto al barrio natal, quizás entreviendo un final inminente, el joven músico cerró sus ojos a la vida el 7 de febrero de 1917. No contaba aún 25 años.

Al cumplirse el 4º año de su desaparición, el recorte de un periódico que también nos fue facilitado por los familiares del músico y que poseemos (aunque en él no figura el nombre de la hoja), dijo lo siguiente:

-"Necrológicas: Eduardo Monelos. El 7 del corriente se cumplió el 4º aniversario de la muerte del violinista Eduardo Monelos, hermano de nuestro amigo Manuel, antiguo empleado de la Estación Lanús.

"Para la mayoría habrá pasado inadvertida dicha fecha, no así para sus amigos, que lo recuerdan con cariño invariable. Con este motivo, su tumba ha sido muy visitada, habiéndose colocado una hermosa placa de bronce. Su carrera musical, aunque corta por su temprana desaparición, fue ciertamente descollante en Buenos Aires. Desde corta edad, se dedicó al estudio con entusiasmo, sobresaliendo como pianista y concertista de violín. Teniendo apenas 17 años, dio su primer concierto en la ciudad de La Plata, donde obtuvo un éxito halagador.

"En 1912, a la edad de veinte años, se trasladó a París contratado por la empresa Pathé para la impresión de discos y allí instaló una academia de bailes, acompañado de los señores Casimiro Aín y señora Martina Am, Vicente Loduca y Celestino Ferrer.

"Varios meses después pasaron a Norte América, llevados por una dama de la aristocracia a fin de que ofreciesen algunas sesiones de tango en sus salones. En Nueva York instalaron una academia en la que se inscribió un gran número de discípulos de ambos sexos, pertenecientes a la más alta sociedad neoyorquina. Allí también fueron contratados por la Casa Victor, regresando a Buenos Aires a principios de 1914, haciéndose cargo Eduardo de la Academia Musical Ponchielli, en la Capital Federal. (Confesamos que ignorábamos esta actuación del trío en EE.UU. Sería interesante que alguno de los buenísimos historiadores del tango que indudablemente poseemos, nos aclarara algo al respecto)."

Prosigue diciendo la nota necrológica: -"Es autor de varios tangos y valses, entre estos últimos los siguientes: Inspiración, Soledad, Luisita, y los tangos Cabeza de chancho, Espiantá de la Avenida, El jetudo, El Chiquito, El Gaitero, Meta agua, Argentinos en París, 1, 2 y 3. Cusifai y Juanita, esta última polca. Tenía en preparación una sinfonía que no fue terminada, pues al poco tiempo de iniciar los trabajos lo sorprendió la muerte".

Otra nota periodística aparecida al cumplirse el 10º aniversario de su fallecimiento (que también poseemos aunque tampoco identificada), reitera los elogios: -"Se cumplen diez años del día que falleció en la ciudad de Buenos Aires Eduardo Monelos, joven artista que ya había alcanzado econocidos triunfos por el milagro de su violín, en las principales ciudades de Europa, en cuyas más importantes academias había concurrido como esperanza sudamericana en esta manifestación del arte.

"En 1912 hizo una jira triunfal por el Viejo Mundo, cuyas principales capitales lo acogieron complacidas. Obtuvo allí los éxitos más rotundos por su técnica y su mecanismo admirables, quedando desde entonces consagrado como uno de los mejores intérpretes del idioma que nunca muere".

La nota, llena de conceptos laudatorios se extendía largamente y terminaba manifestando: -"Con motivo del aniversario de hoy, sus amigos colocarán en el sepulcro que guarda sus restos, una placa de bronce".

Así pasó por la vida, breve pero luminosa como el brillo de un relámpago, este talentoso músico que se llamó Eduardo Monelos.

 

 

Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.16   Octubre-Noviembre-Diciembre  1995

 

 


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