| por
Eduardo Rubén Bernal
Académico Titular
En términos generales el lunfardo puede considerarse,
simplemente, como un repertorio de términos extranjeros. Lingüísticamente
hablando, sería una acumulación de prestamos, entendiendo
por préstamos, a los elementos que una lengua toma de otra para,
por adaptación, imitación o transformación, incorporarlos
a su propio léxico.
Está claro que el mayor número de esos préstamos
han tenido su origen en el italiano y sus dialectos, en el español
argótico en el portugués gallego y, aunque en menor medida,
en el francés y en el inglés. Sin embargo otras lenguas
que estuvieron presentes en el aluvión inmigratorio, también
dejaron, aunque débilmente, su impronta contribuyendo, modestamente,
con una o dos voces como mucho.
Es el caso del alemán, cuya colaboración probablemente
se limite solamente al término “chop”, de “Schoppen: unidad de
capacidad equivalente a medio litro.”, o del turco que sumó la
voz “pashá: jefe militar” equiparada a “persona adinerada y de
vida fácil”, y también la expresión, ya en desuso,
“caften: rufián”, que proviene de “kaftan: vestimenta masculina
muy amplia, utilizada por los musulmanes y también por los campesinos
rusos y polacos”, o del yiddisch que instaló en el lunfardo el
vocablo “moishe o móishele: diminutivo de Moisés” que
paso a considerarse como el gentilicio de judío y, más
modernamente, y con espíritu festivo, la voz “mishíguene:
loco”. Algo parecido pasa, como veremos, con el polaco.
Desde el amanecer del lunfardo se utiliza popularmente la voz “papa”
como “cosa hermosa o de gran calidad”, llegada desde el castellano “papa:
voz infantil que significa comida y que se aplica frecuentemente a la
mujer hermosa”, tal como lo indica Gobello en su Nuevo Diccionario Lunfardo.
La acepción ya era conocida en Buenos Aires desde principios
del siglo pasado ya que aparece registrada desde 1915, por Villamayor,
con esa idea, en su “Lenguaje del Bajo Fondo”. Desde entonces “papa”,
ya admitía los afectivos “papusa” y también “papirusa”,
la voz que nos ocupa.
En 1916 Felipe Fernández “Yacaré” en “Versos Rantifusos”
dice en su soneto “La Flaca”: “Si hay catrielas de bute en el convento
/ La Flaca es una papa ... por lo fina, / (...) / Ayer pasó un
bacán por la vedera / y después de junar a la huesera
/ batió ...¡San dió, que paica papirusa!”. Algunos
años después, a principios de los años veinte,
David “Tito” Roccatagliatta, con inmortal destino tanguero, compone
la más importante de sus obras, “Elegante papirusa” título
que le da entidad definitiva. Posteriormente en 1928, el Malevo Muñoz
la emplea en “La Crencha Engrasada”: “...que su sueño es de ser
bacana, ser diquera papirusa / y pasar con los otarios una davi a la
denier”. Celedonio E. Flores también la recuerda en 1933 en “Corrientes
y Esmeralda”: “En tu esquina un día, Milonguita, aquella / papirusa
criolla que Linnig mentó”.
Lo curioso es el origen de la palabra. Se cuenta que aparece por cruce
de “papusa” con la voz polaca “papjerosy: cigarrillo”, palabra muy común
en boca de las prostitutas polacas, las primeras mujeres capaces de
fumar en público en esos años iniciales del siglo XX,
que con lo poco que por razones idiomáticas, podían comunicarse
con sus clientes, solían pedirles tabaco con algo que sonaba
parecido a ”dame papirusa”, con lo que la voz quedó instalada,
primero en el prostíbulo para prosperar después fuera
de él.
También circuló el masculino “papuso” con la idea de algo
de calidad. Dante A. Linyera pensando en su barrio de Boedo en “Florida
de Arrabal” cantó “Y entonces, Boedo papuso, canyengue, / al
ritmo rasposo de un dulce gotán, / verá a una pebeta que
agita su lengue / cuando se despide de su gavilán”.
Chau, hasta la próxima si Faruk no decide otra cosa.
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