Del
libro Carlitos Gardel, Criollo la otra historia posible de
Ricardo A. Ostuni
Fueron muchas las mujeres
que dejaron un rastro indeleble en la vida de Carlos Gardel;
sin embargo ninguna fue capaz de encender la llama de una
inflamada pasión.
César Tiempo ("Así
quería Gardel". Bs. As. 1955) escribió a este respecto:
"Nunca tuvo pasiones -lo que se llama pasiones- con mujeres
del ambiente. No porque las desdeñara, no porque se considerara
un ser excepcional en el medio, sino porque aspiraba a separar
bien la madera del sámago, a no dejarse engañar por un sentimiento
que traía emponchado un deseo subalterno de encaramarse y
saltar, aprovechando su prestigio como trampolín".
Sin ningún esmero literario
y quizás sin la debida prudencia, Roberto Maida (Revista Así,
Bs. As. 1965) coincide con las afirmaciones de Tiempo: "jamás
se le conoció una novia, una amante o simplemente una mujer
que lo acompañara en forma permanente y quien diga lo contrario
debe estar cerca de la mentira".
No obstante para nadie
es desconocida la presencia de Isabel del Valle (*)
con quien Gardel mantuviera una curiosa y dilata relación.
Cuando se conocieron ella apenas tenía catorce años.
Fue en el año 1921.
"Carlos me llevaba 20 años justitos pero yo era ya una
mujer en mi figura. Además ¿qué importan los 20 años de diferencia?
Le confieso que nunca reparé en esos aspectos. Me enamoré
perdidamente de Carlos... Y sé que él me amó mucho también,
que fui el único amor de su vida a pesar de todos los amoríos
que se le adjudicaron".
No es esta la opinión
de Francisco García Jiménez ("Tiempo de Gardel".
Corregidor, 1987) para quien "sus mujeres queridas eran
las canciones". Alguna vez Isabel del Valle protestó
con parecido argumento: "Carlos sólo estaba casado con
el canto".
¿Qué pensaría Gardel?
Un atisbo de respuesta lo encontramos en El Nacional de Bogotá
del 18 de junio de 1935. Seis días antes de la tragedia, éste
era el diálogo que mantenía con un cronista:
«¿Cuál fue su primer
amor?
«-He amado muchas veces en mi vida y conservo de ello gratísimos
recuerdos, como que en todos mis amores he sido feliz. En
ellos he querido de diferente manera según el temperamento
de la chica, las circunstancias y el ambiente. Sin embargo,
cada vez que me enamoro creo ser ésta la única ocasión en
que verdaderamente he querido.
«-¿Cuál es el tipo
de mujer que prefiere?
«-Prefiero las latinas, indudablemente, por ser de mi misma
raza y por lo tanto comprender más mi temperamento, pero todas
las mujeres atractivas e inteligentes me agradan.»
«-¿Es Ud. partidario
del divorcio?
«-Debido a mi carrera no soy partidario del casamiento.»
César
Ratti -renombrado actor de la escena nacional a quien Gardel,
adolescente, visitaba en su camarín- tiene una opinión confirmatoria.
En el curso de una nota aparecida en la revista Sintonía con
la firma de Silvestre Otazú, Ratti afirma que Gardel «no era
hombre de amores. Mas bien le fastidiaban las mujeres. Era
demasiado hombre para desperdigarse virilmente en aventuras
que podía tener tantas como quisiera. A él le gustaba la compañía
de los hombres. Entre nosotros se sentía cómodo. Y era entre
hombres, seguramente, entre quienes pasaba las horas más íntimamente
felices de su vida. Ha corrido por ahí la leyenda de la incapacidad
amorosa de Carlos. Es falsa. Se encargaron de propalarla las
mujeres que no pudieron conquistarlo como se conquista a Don
Juan». Y de inmediato agrega que Gardel «es el antidonjuán.
Es decir la antítesis del héroe mítico a quien su incapacidad
amatoria y su circunstancia sentimental y pasional, le crean
una veleidad carnal de tipo femenino. No es hombre de amoríos.
En el amor tiene recato, pudor de profunda masculinidad...
pero cuando había mujeres, él tallaba solo».
Su dilata relación
con Isabel del Valle quizás sea una prueba de ese recato.
Gardel jamás publicitó el romance y sólo supieron de él unos
muy pocos amigos íntimos.
Sin embargo hoy, a
la luz de las investigaciones y de los documentos conocidos,
esta relación no parece tener los ribetes romántico-sentimentales
que muchos autores han querido ver. Por el contrario sobran
presunciones como para suponer que Gardel se vio obligado
a la apariencia formal de este noviazgo por causas muy distintas
del amor.
Un año antes de aquel
reportaje bogotano, Gardel le escribía a Defino: «Asunto Isabel:
Ya te dije que es para mí asunto terminado, definitivamente
terminado y así debes considerarlo. Le mandé una carta rajante
que espero será la última. Si quieren conservarme como amigo
está bien, de lo contrario le corto la respiración sin mandarle
más nada. Así debes decírselo, sobre todo a la familia. Te
repito que quiero que des por absolutamente terminado este
tema y que te hagas eco de mi manera de pensar ante esa gente.
A ver si creen que estoy contratado con ellos para toda la
vida. Si siguen cargándome se quedarán sin el pan y sin la
torta, que elijan». Y en la postdata de esta carta fechada
el 23 de abril de 1934, agrega: "Velo a Francisco (Maschio)
que siga convenciendo a la preponte Isabel que me deje en
paz, que bastante he hecho y hago con dejarle una casa y manteniéndola,
se entiende hasta que se acomode, que si tengo que hacer el
cretino." (Revista Tanguera, Bs. As. 1965).
A menos de un mes -el 19 de junio-, vuelve a escribirle a
Defino para narrarle lo difícil que resulta hacer películas
honorables sin elementos en Nueva York, pero desliza un nuevo
párrafo harto elocuente de su preocupación por el "Asunto
Isabel": «No recibí todavía carta de Doña Braulia, estoy
esperando ver lo que pasa. Mi decisión de terminar es firme
y no quiero que tengas ninguna clase de contemplaciones con
esa gente. Andá viendo si nos conviene arreglar de un saque
lo de la casa para quedar después libres de este engorro para
siempre...» (id).
La ruptura de su relación con Isabel del Valle fue uno de
los temas más conflictivos de los últimos años de Gardel.
Ya en 1927, desde Barcelona, le pedía a Razzano que desanimara
ese noviazgo, entre otras cosas porque «yo voy a cumplir 40
años y además yo tengo espíritu de dar vueltas todavía».
Cinco años después
en una carta sin fecha redactada en Barcelona en papel membrete
del Regina Hotel (Agradecimiento al coleccionista D. Héctor
Lucci), le escribe a Razzano: «Mirá José, por de pronto hacé
que Manuel no vaya más a mí casa... le pedirás a Glusmann
de mi parte que me lo ponga de acomodador en algún cine para
no dejarlo sin trabajo y a la familia la ayudaré, es decir
a Isabel, hasta que se acomoden y si ella quiere trabajar
o cualquier recomendación para un empleo, con tantas relaciones
que tenemos procurá de hacerlo, eso lo haces poco a poco y
sobre todo convenciendo a la madre o a la hermana, no sea
cosa que estas hijas de putas vayan a hacerle trastada a mi
mamá entonces se me acabará la buena voluntad y haré algunas
macanas. Bueno viejo, arreglame este asunto en todo lo que
puedas.»
La carta sigue con referencia a otros temas, pero concluye
con la firme insistencia: «Te recomiendo el asunto Isabel».
No obstante las amenazas
y los exabruptos de Gardel, la ruptura fue imposible. El 16
de octubre de 1934, en el curso de una larguísima carta a
Defino, manifiesta la misma y viva preocupación: «Asunto Isabel.
Recibí cuatro líneas con protestas de amor y otras tonterías.
Pero mi resolución es inquebrantable. Hacéle saber que mi
propósito es no volver por muchos años a la Argentina (eso
para ella) y que no debe hacerse ninguna ilusión sobre mí.
Todo lo que sabés queda en pie, se acabaron las subvenciones
mensuales y bajo ningún concepto debés darle un centavo más.
En cuanto a la casa, la iremos pagando poco a poco sin que
nos pese para no perder lo que ya pagamos y para devolver
gentilezas por sinverguenzadas. Y nada más. Hacéme el favor
de ir abriéndote poco a poco de esta gente y no aceptés comentarios
ni ruegos... Estoy dispuesto a no hacer más tonterías. La
de Isabel y Cia será la última. Frunzamos y a otra cosa. Procurá
hacer los pagos personalmente y no tolerés que lo hagan ellos
hasta que podamos pagar de un saque y no volver a ocuparnos
nunca más de toda esa gente. Al hermano tratá de abrírtele,
si podés encontrarle algo, mejor, sino que se las arregle
por su lado, como todos. Es necesario separamos de toda esa
familia...» (Revista Tanguera).
No son pocos los autores
que han creído leer en entrelíneas una maniobra extorsiva
por parte de la familia del Valle. Cristino Tapia -guitarrero,
compositor y cantor cordobés, hombre de la íntima amistad
de Gardel- así lo sostiene. En una nota concedida a la revista
"Así" en 1971, narró conocer las exigencias de casamiento
por parte de los hermanos de Isabel. Recordemos que la relación
se inició cuando ésta era menor de edad y que, eventualmente,
Gardel pudo incurrir en algunos de los supuestos del artículo
119 y siguientes del Código Penal.
Tapia asegura que el
casamiento se celebró en forma privada en un departamento
sito en Corrientes y Callao siendo testigo de la ceremonia
junto con Mariano Alcalde, que para ese entonces se desempeñaba
como valet de Gardel. Y agrega que los hermanos del Valle
obtuvieron una considerable suma de dinero que les sirvió
para establecerse con una carnicería en el Mercado Central.
Personalmente descreo
de la formalización legal de esa unión que, de haber ocurrido,
habría convertido a Isabel en heredera universal de todos
los bienes de Gardel. Sin embargo no existe ninguna presentación
o interdicto suyo en los autos sucesorios.
En cambio advierto
que no faltan razones para afirmar que la familia del Valle
vivió a expensas de Gardel por muchos años. Lo incomprensible
es que éste jamás afrontó el tema de la ruptura en forma personal
y decidida. Por el contrario, siempre utilizó las gestiones
de terceros y cuando se encontraba lejos. De la misma manera
procedió ala hora de separarse de Razzano.
Esta falta de firmeza
se repite en otras muchas circunstancias de su vida. Maida
ha insistido siempre que Gardel «era un hombre muy retraído,
casi tímido que estaba muy solo». Idéntica imagen nos dejó
Terig Tucci ("Gardel en Nueva York". 1967) pero
afirmando categóricamente que «nuestro artista era un varón
en todo sentido».
(*) :Isabel del Valle:
Su nombre completo era Isabel Martínez del Valle, aunque
Jacobo A. De Diego (Revista Tango y Lunfardo Nº 56, Chivilcoy
23/6/1990) sostiene que se llamaba Isabel Martínez del Solar.
Había nacido en Buenos Aires, en el barrio de Constitución,
el 16 de marzo de 1907. Cursó sus estudios primarios en
el colegio religioso "Santa Catalina" todavía
sito en Brasil y Perú. Su padre, que era ferroviario, falleció
cuando ella tenía sólo 6 años de edad. La familia se mudó
entonces a las cercanías de Sarmiento y Carlos Pellegrini
en cuya misma esquina, una mañana de 1921 Francisco Martino
se la presentó a Gardel. Isabel estudió canto con Gianna
Russ, aunque nunca tuvo demasiadas actuaciones en público.
Curiosamente intervino en el recordado éxito televisivo
de Narciso Ibáñez Menta en los años 60, "El Fantasma
de la Opera.
A poco de fallecer
Gardel se casó con Mario Fattoni con quien tuvo un hijo,
radicándose por muchos años en Punta del Este. Murió el
4 de mayo de 1990 a la edad de 83 años en su casa de Villa
Ballester.
Los autores uruguayos,
Juan Carlos Patrón (abogado) y Víctor Manuel Leites (crítico
teatral), escribieron, entre otras, la pieza titulada "La
novia de Gardel -crónica de tangos-" inspirada en Isabel
del Valle. Su estreno se produjo el 4 de marzo de 1971 en
el teatro Verdi de Montevideo siendo su protagonista la
actriz Victoria Almeida. En Buenos Aires se la representó
el 16 de noviembre de 1983 en "La manzana de las luces"
y el 20 de agosto de 1984 en el "Teatro del Plata".
Otra
de las mujeres vinculada sentimentalmente con Gardel, fue
Mona Maris. No se puede afirmar de modo concluyente que hubiera
existido algún romance entre ambos. Lo poco que sabemos se
debe a relatos que la propia actriz hiciera muchos años después
de Medellín y jamás de un modo explícito.
En 1990, Pedro Urquiza
dio a conocer este reportaje en una publicación especial titulada
"Ser Gardel".
«¿Cómo era el Gardel
que conoció en ese tiempo?
«-Un ser encantador
y muy buen mozo. Había logrado una gran madurez intelectual
y refinamiento en sus costumbres... Me sentí muy atraída por
su personalidad y creo que a él le impactó la mía. Teníamos
algo en común: los dos éramos hijos del amor.
«-Algunos historiadores
llegaron a dudar de su hombría.
«No, de ninguna manera. Era muy respetuoso de las mujeres,
nada agresivo en el terreno del amor, pese a que todos las
mujeres lo perseguían. Gardel fue muy hombre, lo conocí lo
suficiente para asegurarlo.»
Esta ambigüedad tiene
precedente. En 1939 accediendo a una requisitoria del diario
El Sol, Mona Maris declaraba:« -Fuimos con Carlos Gardel grandes
amigos, pero yo le debo algo más grande que la amistad...
Carlos era esencialmente masculino, su atractivo viril lo
hacia simpático a los hombres del norte. Las mujeres tenían
delirio por él y hasta lo abrumaban con su admiración.»
Isabel del Valle protestó
alguna vez: «Mona Maris me cansó con sus declaraciones titulándose
ella misma el amor de Carlos Había sido nada más que una aventura...
ella se le había ofrecido y Carlos era muy hombre y además
no era tonto. Ella lo había provocado y Carlos la había usado
como hubiera hecho cualquier hombre.»
Sobre la supuesta falta
de hombría de Gardel se tejieron muchas versiones. Una de
ellas, que tiene por autor a Maida, refiere que su pelea con
Aguilar se debió a que «una muchacha rondaba a Carlos en el
hotel donde este se hospedaba en España. Él no parecía dispuesto
a trabar relación con ella y Aguilar le dijo que era afeminado,
Carlos se enteró y lo echo a puntapiés del hotel...». Recientemente
Virgilio Expósito, en un desafortunado reportaje, reactualizó
estos infundios.
Pero cualquier sombra
de duda a ese respecto queda borrada por los muchos testimonios
de sus viejos compañeros de juergas. Irineo Leguisamo (ob.
cit.) relata que con Gardel solían frecuentar la casa de La
Ritana, propietaria de un salón de bailes donde «se bailaba
y se tomaba tupido... Mimado por las mujeres, Carlos Gardel
repartía sonrisas y bromas a las que era muy afecto».
«Esta mujer a quien
llamaban La Ritana o Madamme Jeanne o Jeannete tuvo participación
en importantes hechos en la vida del cantor y fue, seguramente
uno de sus amores más conflictivos. Gardel la conoció exactamente
el 28 de diciembre de 1913. Fue esa misma noche que un hombre
mencionado como Pancho Teruel juntó a Gardel y a Razzano para
que cantaran delante de gente de importancia social y política
en el café Perú de Avenida de Mayo. La reunión nocturna siguió
en una casa de citas elegantes regenteada por esa mujer cuyo
nombre real sería Giovanna Ritana sita en la calle Viamonte
entre Maipú y Esmeralda... Es muy probable que esa relación
amorosa fue la que estuvo a punto de costarle la vida a Gardel,
cuando fue baleado en diciembre de 1915, se ha dicho que sicarios
de su propio marido llamado Juan Garesio» (Payssé González,
ob cit.), José Gobello lo menciona como Amadeo Garesio.
Otros datos aportan
Zinelli y Macaggi (ob. cit.) confirmando que La Ritana era
la mujer de Garesio, dueño del Chantecler de Paraná 440. «Precisamente
-dicen- es con Garesio que aparece el tercer término de un
clásico triángulo amoroso que desataría un conflicto violento».
Según dichos autores ésta fue la verdadera causa de aquel
atentado que sufriera Gardel en diciembre de 1915, quien debió
recurrir a los buenos oficios de Juan Ruggiero, Ruggierito
para «disuadir» a Garesio de nuevas agresiones.(**)
La presencia de La
Ritana en la vida de Gardel está confirmada por la propia
Isabel del Valle:
«-¿Nunca tuvo celos
pensando en alguna aventura?
«- Y respondiendo a su pregunta le voy a contar el caso de
una mujer que, según llegó a mis oídos, mantenía una relación
con Carlos. Se llamaba Ritana o le decían así. Dueña de una
pensión en el centro y así fue que decidí ir a verla para
comprobar qué había de cierto. La tal Ritana era francesa
y lo denunciaba en su castellano entreverado. Me admitió que
sí, que ella era la amante de Carlos , nada más que una aventura.»
Gardel había conocido
a Isabel del Valle recién a fines de 1920, por lo que se deduce
que su relación con La Ritana, iniciada hacia 1913, debió
ser la más duradera de toda su vida.
A la muerte de Gardel
hubo una sola voz disonante en medio de todos los panegíricos.
Fue la de Monseñor Gustavo J. Franceschi (Sección Comentarios
de la revista Criterios Nº 382, 27 de junio de 1935), arzobispo
de Buenos Aires, quien publicó un largo artículo condenatorio
de tanto reconocimiento público, en razón de su vida disipada
y azarosa.
Coincidentemente muchos
años después Blas Matamoro (ob. cit,) intentó pergeñar la
imagen de un Gardel proxeneta: «Artista de los medios del
hampa y raterito ocasional o persistente, algunos han imaginado
a Gardel cercano a los círculos del proxenetismo. Su aspecto
de nítido cuidado, el desvelo que ponía en acicalarse y peinarse,
recuerdan la imagen del clásico macró porteño dé fines de
siglo, tan prolijo y rumbo para vestirse como para arreglarse».
La descripción no está lejos de la que José Sebastián Tallón
hace de El Cívico en su importante ensayo “El tango en su
etapa de música prohibida”, si bien Matamoro intenta una desvalorización
injustificada de la figura de Gardel vinculándola lombrosianamente
a ese triste oficio.
Similar intención observo
en Olga Orozco (La Nación del 23 de junio de 1985) quien lo
llama Carlitos «bien pagado», a propósito de su relación con
la baronesa Sally de Wakefield. «Ella fue quien motivó el
cambio de situación de Gardel, financió sus primeras películas
en Francia y gestionó luego su ida a Estados Unidos».
Ciertamente fue una
relación bastante equívoca. Gardel trabó amistad con el matrimonio
George Wakefield y Sadie Baron, quienes poseían una inmensa
fortuna. Algunos testimonios señalan que ella se prendó de
Gardel y que él la atendió solícitamente a cambio de su generosa
ayuda financiera.
Manuel Sofovich la
describió como «una gran dama inglesa propietaria de los cigarrillos
Craven A. Admiraba al cantor y lo protegía en todo sentido
Fue ella la que lo invitó a visitarla en París y sabiendo
que no era rico le costeaba todos los gastos a él y a sus
acompañantes. Carlitos tenía muchas deudas y madame Bacfleld
(sic) con desinterés y amor de mecenas lo ayudó a pagarlas
... ».
Quizás ese desinterés
no fuera tanto, ya que le permitía exhibirse en el París de
los años 30 con un hombre joven y de buena pinta, que ciertamente
toleró su compañía por conveniencia personal.
Chas de Cruz recuerda
que cuando Gardel llegaba con la baronesa, «una mujer más
ancha que alta, con anillos que inflaban sus ya regordetes
dedos, sobrevivientes en oro, platino y piedras preciosas»,
decía a modo de presentación: «Chochamus... aquí traigo el
bagayo». Esto prueba que ningún vínculo sentimental podemos
ver en esta relación, pese a que todas las tardes, a determinada
hora, Gardel atendía solícitamente a la baronesa.
Payssé González aventura
en cambio una hipótesis mucho más creíble relacionada con
el mutuo interés comercial, pues el matrimonio Wakefield-Barón
integró capital en la sociedad productora “Exito's Spanish
Picture” de la cual Gardel era el director, accediendo de
ese modo al creciente negocio cinematográfico.
Gardel jamás confesó
en público ningún amor, aunque alguna vez le dijo a Vicente
Padula: «No me enamoré nunca. Todas las mujeres valen la pena
de que uno se enamore de ellas, pero darle exclusividad a
una es ofender a las otras». Tal vez por eso todos los nombres
que se asocian a su vida amorosa (Azucena Maizani, Trini Ramos,
Rosita Moreno, Gloria Guzmán) no fueran más que romances pasajeros.
Imperio Argentina,
en cambio, parece ser de las pocas mujeres inconquistables
para Gardel «Trabajé muy a gusto con él. Por un lado era un
ser demasiado sencillo y, por otro, de una egolatría total...
Era muy guapo... también muy enamoradizo y me quiso poner
un poquito los puntos, pero a mi gustaba otro tipo de hombre».
Teríg Tucci cuenta:
«sentados al derredor de una mesa redonda, en su departamento
de Beaux Arts, Gardel y nosotros, sus colaboradores, sugeríamos
y discutíamos material nuevo para las películas. Le Pera buscaba
algo más significativo para Gardel. Quizás algo que se refiriese
a su propia vida, una especie de autobiografía. Comenzamos
a hurgar en la vida de Carlos Gardel y la encontramos singularmente
exenta de romántico interés. Este hombre, en el teatro del
mundo, fue más bien un espectador que un actor.»
A renglón seguido y
para disipar cualquier duda u errónea interpretación de sus
palabras, Tucci agrega: «Permítasenos declarar aquí, que nuestro
artista era un varón en todo sentido. Se sentía atraído hacía
el sexo opuesto con la intensidad de su vigorosa hombría,
sin ambages y con la confianza en sí mismo que le daban su
gallarda figura y su popularidad de artista estelar. Pero,
caballero discretísimo, jamás se jactaba de ello.»
Este juicio es coincidente
con la impresión recogida por Carlos Lagos en un extenso reportaje
publicado en “Mundo Argentino” el 12 de noviembre de 1930.
«- «¿Y polleras Gardel?
No hay nada de esta índole para contar?»
«No cronista, nada
absolutamente, jamas me ocurrió nada» dice Gardel, pero «la
sonrisa y la mirada esquiva desmienten la aseveración, Carlitos
discreto y caballeresco es incapaz de poner en tela de juicio
la reputación de una dama o el admirado gesto anecdótico de
más de tres».
Con
igual reticencia le responde a Angel Viegas Jaime (reportaje
para el diario “El País” de Montevideo, agosto de 1928. Cf.
Pelusso y Visconti, ob. cit.) «todavía no tengo novia», siendo
que desde fines del 20 mantenía una conocida relación con
Isabel del Valle.
Vinculados a su vida
sentimental también hay otros nombres, menos fulgurantes o
casi desconocidos, como el de Carolina Angelini quien según
Avlis fuera su amor de la adolescencia, o los que rescata
Payseé Cronzález en su enjundioso estudio: Elena Fernández
a quien Gardel conociera en Montevideo, Andrea Morand con
quien viajara a París; la actriz española Perlita Grecco;
la bailarina Alicia Coccia y quien tal vez fuera el sentimiento
parisino más profundo y acaso no correspondido: Gaby Morlay.
«Gaby
Morlay -dice la revista “Ahora” en una nota que reproduce
la revista “Gente” en su edición especial de 1977- era una
de las actrices cinematográficas más cotizadas de esa época.
Carlos Gardel comenzó a acompañarla, viéndoseles juntos en
muchos lugares de París. Entre el cantor y la actriz se desarrolló
un romance que se prolongó casi todo el tiempo que Carlitos
vivió en la Ciudad Luz. Sin embargo, jamás hizo una sola confidencia
a sus íntimos sobre aquellos amores ni se permitió formular
cualquier frase que pudiera traducir sus verdaderos sentimientos».
En un interesante libro
de Andrés Bufali titulado “Secretos muy secretos de gente
muy famosa” -del que sólo poseo algunos capítulos en fotocopia-,
leo: «Fui la amante de Gardel, ella, sólo la noviecita». Bajo
este título el autor relata su singular encuentro con Peregrina
Otero «una mujer de unos ochenta años, de regular estatura,
delgadísima y con una vivacidad que mareaba.» a quien por
los años 20 se la conocía con el nombre artístico de Loretta
Dartés.
Según narra la propia
interesada, había llegado a Buenos Aires en 1911, procedente
de Portugal, su país de origen, comenzando a trabajar como
equilibrista en el famoso circo de Frank Brown. Dijo también
haber sido novia de Barry Norton, un muchacho argentino que
triunfó con este nombre en el cine norteamericano y amiga
de Vicente Greco, Ignacio Corsini, Julio De Caro, Pedro Laurenz
y otros famosos de entonces.
«- ¿ Y qué pasó con
Gardel? inquirió Bufali –ansioso por conseguir una historia.
«- Un día me convertí
en su mina. Sí tal como lo oyen.
«- Pero, ¿y qué pasaba
con Isabel del Valle?
«- Ella... -dijo Loretta
con una sonrisa picaresca-, era sólo la novia, yo era la mina.»
Y
narra a continuación su encuentro con Gardel en Radio Belgrano,
sus escapadas de amor a Montevideo los fines de semana y otros
detalles más, de todo lo cual, supuestamente habrían tenido
amplio conocimiento Horacio Pettorossi, Blas Buchieri -editor
de la revista “El Alma Que Canta”-, Raquel Notar y Julián
Centeya entre otros.
No ha sido Loretta
Dartés la única mujer que se autoadjudicó romances con Gardel.
En casi todos los sitios de su gira latinoamericana existen
testimonios de amores locales, recuerdos imborrables en la
memoria y en el alma de las supuestas protagonistas.(***)
Según noticias del
personal del cementerio, la misteriosa mujer se llama Estrellita
Rejil, y sostiene ser hija de aquella célebre Dama de Negro
que, en los años posteriores a la muerte de Valentino, diariamente
concurría ante su tumba.
Los nombres y apellidos
de ambas mujeres (Estrellita Rigel, la presunta suicida, Estrellita
Rejil la anciana de la nota) sugieren algo, más que una coincidencia.
¿Podrían ser una misma persona?
Collier no arriesgó
opinión, pero conjetura acerca de esa posibilidad, y se pregunta:
«¿qué nivel de fantasía hay en todo esto? La expresión "esposa
querida" es sospechosa desde este punto de vista. Lo
único cierto es que en 1993 hubo un pedazo de papel en la
tumba de Rudolph Valentino en Hollywood, que afirma una supuesta
reunión entre Estrellita Rejil y Carlos Gardel.»
El escritor colombiano
Mario Sarmiento Vargas menciona las confidencias de Ivonne
Guitry a Nicolás Díaz empresario del circuito Cine Colombia
S.A. en muchas de cuyas salas se presentara Gardel durante
su última gira.
«... Yo soy una mujer
de alto mundo... Tenía diez y ocho años y vivía sola en París,
sin rumbo definido. París de 1928. París de las orgías y el
derroche de champán... Para suavizar mi desgracia me entregué
de lleno a los placeres... Cocaína, morfina, drogas... En
aquella época cosechaba éxitos y aplausos un recién llegado
cantante de cabaret... Era Carlos Gardel... A Gardel le interesaban
las mujeres, pero a mí no me interesaba más que la cocaína
y el champán... Ese hombre se me iba entrando en el alma.
Mi pisito lujoso pero triste, estaba ahora lleno de luz. Mi
alcoba azul, que conoció todas las nostalgias de un alma sin
rumbo, era ahora un verdadero nido de amor. Era mi primer
amor».
Lo cierto es que por
la vida de Gardel pasaron muchas mujeres -conocidas e ignoradas-
pero casi siempre ocultas por ese manto de discreción con
que rodeó su privacidad. Más es lo que se presume que lo que
se sabe.
«Muchas mujeres sentían
por Gardel una pasión extraordinariamente grande» dice Francisco
N. Bianco aunque, según parece, ninguna logró encender el
fuego de una pasión honda y perdurable.
No nos corresponde,
a tantos años de distancia, ensayar ninguna teoría que lo
explique, aún cuando no faltan «rebuscadas interpretaciones
que van desde la solución edípica de enfatizar el amor por
la madre, hasta » el concubinato con sus propias letras que
cantaba» (Tabaré J. di Paula).
Pero lo que debe quedar
en claro, es la falsedad de quienes han pretendido imputarle
una conducta sexual equívoca.
En cambio es posible
intuir en su personalidad, algunos rasgos que desdicen esa
imagen de muchacho alegre, sonriente y triunfador que se ha
vaciado en bronce. Gardel «era más bien un hombre introspectivo,
dado a hondas reflexiones (con) un aura de tristeza que se
manifestaba hasta en su sonrisa y en su actitud mas bien tímida,
casi reticente». (Tucci).
Rehuyó siempre de
toda obligación como no fuera la de su arte. Ni siquiera administró
su carrera ni sus bienes. Prefirió siempre perder antes que
pelear, como lo demuestran sus muchas cartas a Razzano y a
Defino por el “asunto Isabel” o por las desavenencias con
su antiguo compañero de dúo. Fue esquivo a los enfrentamientos
personales y fundamentalmente un hombre temeroso de su propia
intimidad.
Quizás todo esto explique
su renuencia a extrovertir sus amores y a formar una pareja
estable afrontando las dichas y las desdichas de toda relación.
El mismo velo que
tendió para esconder su vida, lo desplegó para cubrir sus
sentimientos. Su historia amorosa no es muy distinta de la
de nuestros héroes y próceres, en cuyas biografías, salvo
contadas excepciones, no se registran ni amores ni amoríos
y mucho menos, el fuego de alguna explosiva pasión.
Este modo de resolver
su vida sentimental, según Horacio Salas, también contribuyó
a forjar el mito. Gardel es el novio eterno, el ideal que
no se comparte con nadie... y que aparece transformado en
príncipe azul en las vidas de cada una de las mujeres que
sueñan con el modelo viril. (cf. Horacio Salas, El Mito que
sonríe).
(**) Este episodio. ocurrido en la madrugada del sábado 11 de
diciembre de 1915, nunca fue debidamente aclarado. El diario
La Nación en su edición del día siguiente dio noticias del suceso
informando que el herido había sido trasladado al hospital Juan
A. Fernández, siendo su estado delicado. El lunes 13 el matutino
La Prensa también dio cuenta del hecho y el nombre del agresor:
Roberto Guevara. Muchos años después, el 21 de agosto de 1963,
la revista Leoplán publicó este comentario: «El Profesor Dr.
Ricardo Donovan recordaba en una clase de Patología Quirúrgica
del año 1948, que siendo practicante en el Hospital Ramos Mejía,
examinó la herida sufrida por Gardel comprobando que había perforado
el pulmón izquierdo sin orificio de salida; la posterior evolución
favorable del caso decidió a los facultativos a no extraerle
el proyectil que así permaneció alojado en su pecho toda la
vida.»
(***): «Todos los gardelianos
sabemos que en el mes de junio de 1935, al producirse la noticia
de la muerte de Carlos Gardel en el accidente de Medellín,
una mujer neoyorquina de 20 años, llamada Estrellita Rigel
(así escribe el apellido el diario de lengua española La Prensa
de N. Y, en su reportaje sobre el asunto) fue al Middletown
Hotel, última residencia de Gardel en Nueva York e intentó
suicidarse. Pero según La Prensa, sobrevivió». (Simon Collier.
Club de Tango Nº 7, noviembre 1993).
En este interesante
trabajo, Collier da cuenta de las investigaciones del periodista
londinense Andy Bull, quien halló en la tumba de Rodolfo Valentino,
en el Hollywood Memorial Park-, una nota dejada por una anciana
que la visitaba con cierta frecuencia. La nota -transcripta-
dice: «Aquí en este lugar bendito que Ud. y su espíritu eterno
gocen de un descanso eterno. La esposa de Carlos Gardel».
Artículo publicado en
la Revista CLUB DE TANGO Nro. 7 septiembre-octubre 1993
y Nro. 8 marzo 1994 |