por
Rodolfo De Paolo
(mar del plata)
| Nota
publicada en la revista marplatense
"Toledo Con Todos" |
Carlos Gardel anduvo
por el balneario allá por mil novecientos veinti... tantos.
De sus pasos todavía
hay ecos: recuerdos de su voz, de sus amigos.
Una historia que se parece
a una leyenda.
En
la Tranquera
(Ranchera)
A Mar del Plata yo me quiero ir,
solo una cosa falta conseguir,
a mi me sobra mucho coraje,
lo que no tengo es plata para el viaje.
Tengo un chalet en la calle Colón,
a pocos metros del viejo Torreón,
es un cottage de un estilo antiguo,
que me ha prestado claro un amigo.
No crean por eso que vivo de arriba,
que no pago a nadie, que soy tiburón,
para que sepan yo soy muy decente,
culto, inteligente y gran corazón.
Si alguna chica se quiere casar
y fácil novio quiera conquistar,
las condiciones son indispensables
que tenga plata y la mamá no hable,
es muy difícil en la actualidad
el problemita de formar hogar,
y la que tenga muchas pretensiones,
mejor que pierda ya sus ilusiones.
No crea por eso...
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Esta ranchera es de Francisco Lomuto y "Pancho Laguna",
seudónimo con el que Lomuto firmó la letra.
Fue grabado por Carlos Gardel el 21 de agosto de 1930, con el
acompañamiento de las guitarras de Aguilar, Barbieri y Riverol.
El tiempo pasa inexorablemente, cambiando formas y colores,
transformando a las personas y las cosas. A veces pasa cruelmente,
sepultando momentos que merecerían eternizarse. ¡Por aquel entonces,
el barrio San José era tan distinto! Con las noches rumorosas,
pobladas por el incesante croar de los sapos laguneros, con
perfume de barrio suburbano en una ciudad especial como Mar
del Plata. Tiempo de quintas y carretas, de studes y caballos,
de "ajenjo" y "pernot" en los boliches de
Cabeza o Marcón.
"La avenida tenía un cantero al medio" -recuerda Fortunato
Longhi. El tranvía funcionó durante un tiempo, transportando
gente hacia el hipódromo. Lo demás eran quintas, lagunas, corrales,
studes".
Por esos años -década del ‘20- el hipódromo marplatense se hallaba
en donde hoy se erige el megacomplejo deportivo, conocido aún
como Campo Municipal de los Deportes. Aquel circo hípico era
por entonces uno de los más importantes del país y generaba
a su alrededor una intensa actividad ligada al turf. Una de
las aristas era la Diagonal Lisandro de la Torre, conocida en
esos tiempos como la "diagonal de los studes".
la pasión de los burros
Ese fue el imán que atrajo tantas veces a Gardel, por sobre
sus visitas registradas como artista, hacia esta ciudad de Mar
del Plata. Y especialmente a la barriada de San José. No obstante,
la admiración ferviente del Zorzal se patentiza a través de
una histórica fotografía que lo muestra del brazo de su madre,
Berta Gardés, caminando por la vieja Rambla marplatense, cuando
su aspecto obeso -tenía 17 años- distaba de la "pinta"
inigualada que tendría en la popularidad.
Gardel viajaba desde Buenos Aires en tren, en compañía de algún
amigo, transportando los caballos que competirían en el hipódromo
local. Caballos de su representación y, más tarde, de su propiedad,
como La Paisanita y el legendario Lunático.
Obviamente,
el paisaje poblado de studs brindó albergue a los equinos. Por
ejemplo, el de la familia Capister -un apellido ligado a la
esencia turística- quienes poseían un gran stud en la avenida
Independencia entre Almafuerte y Laprida. También el de la familia
Cabuciero, ubicado en Salta casi Quintana -hogar que procreó
un hijo que se desempeñó como Comisionado Municipal- y la caballeriza
de los Bruzzone, en Matheu entre Salta y Jujuy.
La inveterada simpatía de Carlos Gardel también cautivó la amistad
de Manuel Cabeza y los amigos que frecuentaban el bar El Retiro,
ubicado en la histórica esquina de Matheu e Independencia. Allí
es donde aún se encuentran parte de los muros de aquel mítico
local, declarados en 1994 Muros históricos y Patrimonio cultural
de la ciudad, una iniciativa gestada por el Ateneo Gardelinao
y plasmada en el Honorable Concejo Deliberante merced a la generosa
actitud de Oscar Cerone, actual propietario del predio.
Haciendo ochava con El Retiro se hallaba el bar de Marcón, edificio
conservado y reciclado en donde funciona
la firma Urbania. El local convocaba a los inmigrantes hispánicos
e itálicos, mientras el boliche de Cabeza congregaba a una grey
particular, ya que algunos de los contertulios tenían inclinaciones
literarias -como el caso de Tomás Ciudad, Abraham Domínguez
y el padre del famoso púgil Antonio Cuevas, de quien además
se decía que era un imbatible jugador de truco. Gente de barrio,
como los Llamazares, Dalmasso, Manetti rama materna de Astor
Piazzola- Bruzzone, Maffione, Simón...
barrio plateado por
la luna
No fue casual que allí recalara Carlos Gardel,
quien conoce el local y su gente durante la preliminar presentación
artística en setiembre de 1922, junto a José Razzano, en el
teatro Odeón.
"Nosotros conocíamos el nombre de Gardel -nos comenta Celina
Pérez de Di Palma- pero como algo lejano. Por eso es que durante
aquel día escuché que mis padres comentaban "esta noche
canta en lo de Cabezas". Al atardecer, mi madre comenzó
con sus arreglos personales, me acostaron, y sentí que los dos
salían de casa. Mi curiosidad de niña de 8 años hizo que me
vistiera con rapidez y enfilara hacia Independencia, caminando
por Matheu. Vi mucha gente en la esquina, mucha gente que entraba
al local. Yo me acerqué, escuché que alguien cantaba, filtré
mi cuerpo por entre la gente que estaba en la puerta y alcancé
a ver las mesas dispuestas como escenario, con un paño verde
sobre ellas. Un señor morocho, tocando la guitarra, y otro con
el cabello negro tan brilloso que reflejaba la luz de las lámparas,
dentadura blanca y perfecta, zapatos combinados negros y blancos,
ropa impecable... Recuerdo que la gente, alrededor, estaba como
fascinada mientras él cantaba...".
Carlos Gardel en el barrio San José. Don Fortunato Longhi nos
relataba:
"Era un atardecer, iba caminando por lo que hoy es la calle
España y de pronto escucho a mis espaldas "Fortunato, pará".
Era mi vecino, Prezioso. "¿Qué sucede?", pregunto.
El estaba algo agitado y ya cerca me contesta: "¡Vení,
vamos a lo de Carbuciero que está cantando Gardel!". ¡Como
para perderlo! Casi corriendo, hicimos las tres cuadras que
nos separaban del lugar. Al llegar escuchamos su inconfundible
voz y lo vemos sentado en una rueda, bajo los árboles, junto
a un guitarrista bastante morocho, sin dudas el negro Ricardo.
Seis o siete personas más escuchaban con suma atención, mientras
hacia el fondo, don Rafael Carbuciero emprolijaba las brasas
y las tiras de cane que se asaban lentamente sobre una tentadora
parrilla. Nos quedamos a cierta distancia, observando y escuchando
atentamente. Cuando terminó de cantar, entre los aplausos de
la gente giró algo la cabeza y dijo "¡Pibes!". Se
dirigía a nosotros."¿Qué hacen allá, tan lejos? Súmense
a la rueda, que este es un fogón de amigos". Las piernas
me temblaban. Me senté a su lado. Ese atardecer se transformó
en un recuerdo imborrable. Lo tuve a centímetros, escuché hasta
sus inspiraciones nasales al cantar y gocé con ese imán que
atrapaba con cada palabra, con cada mirada y con esa sonrisa
irrepetible..."
el paseo inolvidable
"Había recibido un reto y me encontraba llorando en la
vereda del almacén de mi padre -relata Cholo Cabeza, hijo menor
de don Manuel Cabeza, propietario del almacén y despacho de
bebidas El Retiro-. Mientras volcaba mi desconsuelo sentí a
mis espaldas el clásico resonar de los vasos de los caballos.
Cuando giré me topé con Gardel, que caminaba vareando a dos
pura sangre. "¿Qué te pasa, nene?" me preguntó. No
pude articular palabras porque el llanto me ahogaba. Entonces
me tomó de la cintura, me elevó y me depositó sobre el lomo
de uno de los caballos. En ese momento mi padre se asomó por
la puerta del negocio, y Gardel le dice: "¡Manu, me llevo
al pibe para dar una vueltita!". Mi padre asintió y agregó:
"¡Como no, don Carlos. Llévelo, a lo mejor se calma, el
sabandija!". Enfilamos por Matheu hacia Dorrego y la primera
frase que escuché de Gardel fue "Nene, ¿no te das cuenta
que los hombres se ponen feos haciendo pucheros?", y tras
cartón enhebró una serie de chistes que me hicieron olvidar
del reto de mi viejo, a los pocos metros de iniciarse el paseo.
Llegamos a Dorrego, dimos la vuelta y cuando regresamos, al
llegar a la esquina del almacén, mi padre me contemplaba de
brazos cruzados. Gardel me bajó del caballo y yo, contento,
reía. Guiñó un ojo ensayando una pícara sonrisa, dijo "¿Vio,
Manuel, qué calidad tengo para hacerle pasar la tristeza a los
pibes?".
"Mi padre me recibía con una sonrisa y yo quedé fascinado
con ese hombre gentil y cálido..."
Testimonios de quienes conocieron a Gardel. Las canciones del
Zorzal, la amistad que lograba con su bonhomía. Un magnetismo
que sigue impregnando esa esquina marplatense que logró vencer
los años y aún atesora los ecos de Carlos Gardel en el barrio
San José.
Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro. 20
julio-agosto 1996
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