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por TOMÁS BARNA
"Una
tarde de otoño, callado,
a Langosta lo vieron volver..."
Este
tango habla de un personaje que, tras largos años de ausencia, regresó
al barrio que lo vio nacer. No es mi caso para lo que voy a contar,
pero esos versos tan porteñeros acudieron a mi memoria vaya a saber
por qué misterio, precisamente una tarde de otoño de París en la que
estaba disfrutando de un baño de magia ante la contemplación de los
castaños verdeocres y de las hojas secas que embellecían las veredas
del Boulevard Saint-Germain en el corazón del Barrio Latino. Corría
el mes de octubre, pleno otoño, de 1963.
Hacía apenas dos semanas que había entrado en contacto, por primera
vez, con la Ciudad Luz. Me hallaba sentado a la mesa del café "Le
Cluny" saboreando
mi cortado entre pitada y pitada que le daba al "Gitannes" que
me solía acompañar. Poco antes, recorriendo los puestos de los "bouquinistes" (libreros
de viejo) de la orilla izquierda del Sena, logré descubrir un ejemplar
de la revista "Crapouillot" que a menudo contiene artículos
sumamente extraños y originales. En el número que decidí comprar -y
que ya hojeaba con avidez- de pronto tropecé con un auténtico hallazgo:
un relato cuyo protagonista resultó ser Carlos Gardel.
Y todo sucedió allá por... 1928. Entre las dos guerras mundiales -en
la época de auge de los "años locos", cuando el jazz y el
tango hacían delirar a la juventud- se llevaba a cabo en París, anualmente,
una velada artística de gran magnitud nada menos que en el Teatro Lírico
por excelencia: la Opera. Asistía el Presidente de la República como
asimismo renombradas personalidades de la política, de las artes y de
las letras. Se invitaba a participar a los artistas populares más destacados.
Allí brillaban las presencias de
la Mistinguette, Maurice Chevalier, Henri Garat y Lucienne Boyer
-que entonaba con dulzura melancólica "Parlez-moi d'amour"
. Pero en esa noche singular de 1928 surgió en el escenario la estampa
recia y argentinísima de Gardel, a quien los franceses llegaron a apodar
"le roi du tango" (el
rey del tango). Con su voz y su riqueza expresiva cautivó y entusiasmó
a la sala. Luego de algunas interpretaciones le pidieron -ya enfervorizados,
de pie- que repitiera la canción campera, de Arturo De Nava, "El
Carretero"
"No
hay vida más arrastrada
que la del pobre carrero,
con la picana en la mano
picando al buey delantero..."
Y
de inmediato, en medio de una ovación, con ardor, exigieron otro bis.
Y el Zorzal se mandó el tango de Eugenio Cárdenas y Guillermo Barbieri
"Barrio Viejo". Y se le oyó cantar, emocionado:
"Calles
donde mi lindo barrio se alzó,
calles que guardan mis ensueños de ayer..."
(No
olvidemos que en el octubre otoñal de 1928 Gardel grabó, en Francia,
una veintena de piezas, con el acompañamiento de las guitarras de Ricardo,
Barbieri y Aguilar). Como si estuviéramos gozando de una vieja película,
en tono sepia, mediante un fundido lento se va esfumando la figura de
Carlos y comienza a asomar -en primer plano- el rostro de la inefable
cantante Lucienne Boyer. Con una leva sonrisa, dirigiéndose a Gardel,
lo invita a coronar la jornada en el Cabaret "Au Lapin Agile"
de la "Butte" (colina) de Montmartre: uno de los reductos
bohemios más antiguo de París, ya que fue inaugurado hace más de dos
siglos. Y aún sigue vigente con el mismo esplendor, con su frente de
ladrillos, su techo de tejas y sus postigones verdes... como un cuadro
de Utrillo enclavado en ese rincón fascinante de la ciudad.
Ante la sugerencia de Lucienne, ella y Carlos -acompañados por Henri
Garat- se dirigieron hacia el famoso cabaret. Años atrás lo habían frecuentado
Nerval, Cendrars, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Utrillo -por supuesto-,
Picasso, Rubén Darío y Ricardo Güiraldes, entre tantos otros espíritus-faros
de la plástica y de la literatura.
Y ya estamos, con el grupo, instalados en el "Lapin Agile"
La cantante presenta a Gardel. El champán comienza a burbujear en las
copas codeándose con el absintio verde y el pernod que reinan sobre
otras mesas. Desfilan los artistas del local ofreciendo su variedad
histriónica, vocal y danzante. Y embriaga el ámbito una alegría luminosa
envuelta por la densa, gris bruma que va moldeando, en el aire, el cigarrillo
y los soberbios habanos.
La medianoche ha quedado relegada. ¿Pero acaso existe el tiempo cuando
se vive un momento de felicidad, de plenitud? Las horas se desvanecen.
Las agujas de los relojes parecen detenerse. Y más aún al surgir un
instante que es sinónimo de eternidad. Es lo que aconteció al aparearse
la madrugada con esa noche sin fin.
¡Vivamos aquello como si se tratara de un presente continuo que se proyecta,
sin cesar, en cada uno de nosotros, hasta la infinitud!
Lucienne Boyer le pide a Gardel que cante.
- No, Lucienne. Estoy sin los guitarristas. -S'il vous plait, Carlos... un tango (le ruega Lucienne).
- Lo haría con mucho gusto. Pero sin acompañamiento y ni siquiera una
guitarra, imposible.
- ¡Vamos, Carlos, anímese! Aunque sólo sea un tango. ¡Queremos escucharlo!
- Mire, Lucienne: yo, en realidad, no soy nadie. ¡El tango lo es todo!
Lo que vale es lo que dice la letra y la música del tango.
El dueño del cabaret -sentado a la mesa con ellos- asegura:
- Yo sé que usted va a cantar, monsieur Gardel. Espere unos segundos
que ya vuelvo.
Se incorpora. Da unos pasos. Desaparece. El Mago, incrédulo, suelta
una risa cargada de cierto asombro.
Dos minutos después se acerca el propietario del café-concert con una
viola en la mano. Se la entrega al cantor y le dice:
- Esta guitarra perteneció a un argentino de pura cepa, escritor y formidable
bailarín de tango -"habitué" y
gran amigo de nuestra casa-. En ella solía ewntonar hermosas canciones
de su tierra. Era de Ricardo Güiraldes. Unos meses antes de morir, el
año pasado, me la regaló. Aquí la tiene, monsieur Gardel. ¡Por favor,
cántenos algo!
Emocionado "hasta el hueso" (como
diría Julián Centeya), Gardel "cazó la guitarra y en ella cantó"
... hasta que las velas no ardieron.
"Siento
llorar, compadre, el corazón,
al regresar al barrio en que nací..."
*
* *
Viejo
barrio de mi ensueño,
el de ranchitos iguales,
como a vos los vendavales
a mí me azotó el dolor...
*
* *
Y
se fueron sucediendo "Barra querida", "Barrio reo",
"Rosas de otoño", "Barrio viejo", "Alma en
pena", "Duelo criollo", "Allá en la ribera"...
Ya ven como aquellos dos octubres otoñales de París (1928 y 1963) se
fusionan con éste de la capital francesa (1995), claro está que en la
florida primavera nuestra.
De este modo -mediante la acción de la memoria- el pasado y el presente
se hacen uno y nos restituyen a Carlos Gardel más vivo que nunca, con
todo el poder de su maravillosa argentinidad.
Artículo publicado en la Revista
CLUB DE TANGO Nro.15 julio-agosto-septiembre
1995
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