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Por seguir tras de su huella...

 


ANA MARIA TURON
(Azul, Pcia. Bs. As.)


Carlos Gardel, símbolo folklórico
del Río de la Plata


La cultura popular argentina está cimentada en la imagen de dos prototipos de cantores. Uno, magistralmente creado, pero ficticio al fin; el otro real, tangible, histórico. Uno, el hombre de campo, el gaucho del siglo XIX; el otro, el de la ciudad, el porteño de las primeras décadas del siglo XX. Uno, sin rostro, personaje literario conocido con el nombre de "Martin Fierro", el otro, el de permanente sonrisa, llamado "Carlos Gardel". Ambos son una síntesis del hombre argentino que necesita cantar sus desdichas. El "cantando me he de morir / cantando me han de enterrar / y cantando he de llegar / al pie del Eterno Padre / dende el vientre de mi madre / vine a este mundo a cantar" de José Hernández sintetiza la vida y la muerte de Carlos Gardel. El "mujer Y perra parida / no se me acerca ninguna del Sargento Cruz bien podría compararse con "tanto me asusta una mina / que si en la calle me afila / me pongo al lao del botón" o formar parte de cualquier otro tango. El consejo de Martín Fierro a sus hijos "pongan su esperanza en Dios / de los hombres sólo en uno / con gran precaución en dos" no difiere en su mensaje del "los amigos, como los jueces / han nacido pa fallar" que años más tarde entonara Gardel. La mala mujer del tango es como la mujer de Cruz, la pebeta de barrio que, ante el abandono de su amado, se va con un hombre del centro, no es muy distinta de la mujer de Fierro, y, por qué no, la madrecita soltera, despreciada por la sociedad, y aquella cautiva ultrajada por el indio.
 
Hernández nos presenta un indio cruel y despiadado, como el mundo", al que nada le importa". El hombre está solo y debe defenderse como pueda de "los salvajes de ese "desierto" y de esas "caras extrañas". No llora, porque "un hombre macho no debe llorar" o porque prefiere no detenerse a pensar en sus males: "Si esta vida es un infierno / a qué afligirse el cristiano". El gaucho, más fatalista, se resigna y encomienda a Dios. Cree e invoca, pero fundamentalmente teme al Creador, la Virgen y los Santos Milagrosos. Para el hombre de tango, en cambio, Dios es casi humano y, por lo tanto, a veces imperfecto: "mas el Señor, celoso de sus encantos / hundiéndome en el llanto se la llevó" o "mi querida madrecita / se me fue a vivir con Dios". El Creador, "celoso" se "lleva a vivir" con Él a quien daba felicidad al protagonista. El Porteño no teme a Dios; tampoco se detiene a pensar en Él y, por lo tanto, es poco lo que recurre. A diferencia del gaucho, el porteño no tiene en cuenta a los Santos; la única "Santa" es la madre, la viejita que todo perdona y comprende. Por eso, ante el infortunio, regresa al barrio y a su madre; a su origen, a su útero. Si no encuentra a su viejita, piensa en la muerte, pero no en Dios: "Yo quiero morir conmigo, sin confesión y sin Dios, crucificao en mis penas, como abrazao a un rencor / Sólo a usted, madre querida, si viviese le darla / el consuelo de encenderle cuatro velas a mi adiós..." Para el hombre del tango, la imagen de la Virgen está corporizada en su madre.
La tierra, su otro refugio, aparece con la misma intensidad en el Martin Fierro que en los tangos de Gardel, para el primero es la Pampa y para el segundo, el barrio. No hay diferencia entre "A Fierro dos lagrimones le rodaron por la cara"   al "mirar las últimas poblaciones" con aquello de "Viejo barrio, perdona si al evocarte / se me pianta un lagrimón / que al rodar por tu empedrao / es un beso prolongao / que te da mi corazón".
 
Otra característica saliente en ambos personajes es el dolor, que aparece permanentemente casi como una exclusividad del hombre: "Amigazo pa sufrir / han nacido los varones" de Hernández, y "Sabe qué condición de varón el sufrir" que canta Gardel. La diferencia radica en que el hombre de la ciudad no se resigna ante el dolor: "nada le debo a la vida, nada le debo al amor / aquella me dio amarguras y el amor una traición", el gaucho, en cambio, sabe que la vida es un sufrimiento continuo y busca un saldo positivo: "nada enseña tanto como el sufrir y el llorar" o "Gracias le doy a la Virgen, gracias le doy al Señor, porque entre tanto rigor y habiendo sufrido tanto, no perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor", concepto inhallable en los tangos que más vale expresan: "Vida cruel y cobarde / traicionera Y feroz / me has basureao el alma y me dicen que hay Dios".
 
Otro "personaje" es el caballo. El caballo es como una "continuación" de ellos mismos. Fierro "haciendo espaldas en él" aguardó a la partida de Cruz. "Quietito", no estaba solo ni desprotegido. El caballo es un amigo, por eso, como el perro, tienen un nombre que lo identifica, a la diferencia de las vacas, las ovejas o las gallinas: "Para mi sos amigo (...) y por eso le he guardado a mi madre un pedacito de tu crin / mi noble crack, mi polvorin" canta Gardel muchos años después. Un criollo no se resigna a su perdida: "Y pa mejor hasta el moro / se me fue de entre las manos" o "Indio volveme mi moro / que me has llevado la vida / mi bien, mi único tesoro..." Nada enorgullece tanto a un criollo como tener, poseer el mejor caballo.
Pero el animal demuestra que es el "mejor" cuando gana. De ahí el sentido de las carreras. Con un poco de suerte y el esfuerzo del caballo, la situación económica puede mejorar en pocos minutos, pero no para vivir holgadamente, sino para festejar con los amigos. Si se despilfarra todo, no importa. El asunto no pasa por la cantidad de dinero, sino por el triunfo. Las esperanzas se centran en la carrera del domingo: "Sacame "e pobre, pingo querido / no te me manques pal Nacional" y recuerda por siempre al animal que más dinero le dio: "sobresaliente el Matucho / con él gané en Ayacucho / más plata que agua bendita". El caballo, como el amigo incondicional que le da unos pesos "siempre el gaucho necesita / un pingo pa fiarle un pucho". Hernández abunda en detalles sobre el adiestramiento del caballo del indio. Seguramente para que no pasemos por alto lo que significó para Fierro sentársele al oscuro tapado del pampa. Antes había dicho "cuando me hallo bien montao de mis casillas me salgo". Sus expectativas estaban colmadas. Como las de Gardel, cuando compró a Lunático, su primer pura sangre o cuando con Amargura, Cancionero y La Pastora, fundó su propio stud: "Las guitarras"; no hubo nombre más apropiado para conjugar las dos pasiones máximas del argentino.


 

 

Porque ni Martin Fierro ni Gardel habrían tenido sentido sin la presencia de la guitarra. Tan presente está que es algo tácito, como la voz, tan presente que ni siquiera es necesario detenerse en ella: una necesidad imperiosa, una compañera sumisa. Hernández empieza su obra con "Aqui me pongo a cantar / al compás de la vigüela"; Carlos Gardel culmina sus grabaciones discográficas con "Guitarra, guitarra mía". Y se cierra el circulo.
 
Con muy pocas palabras podemos referirnos a la amistad. En el tango el amigo leal no existe: el amigo traiciona, el amigo miente. En el "Martín Fierro" el único amigo es Cruz, a quien el protagonista debe la vida y luego ve morir. El cinismo del falso amigo del tango, aparece en el Viejo Vizcacha de Hernández: "jamás llegues a parar / ande veas perro flaco" o "siempre es bueno tener / palenque ande ir a rascarse".
 
No podemos hablar de Martin Fierro y obviar la payada con el Moreno. Sencillamente, un duelo en el que vence el protagonista. Inadmisible también resulta hablar de Gardel y obviar a José Razzano, su compañero de dúo, con quien se conoció en un "duelo" que ha pasado a la historia gardeliana con el nombre de "topada" que tuvo el objetivo primordial de "bajar copetes". La tradición dice que aquí no hubo vencedor ni vencido, sino que ese encuentro sirvió para unir dos destinos, dos voces, dos sueños, dos cantores. El Moreno de Hernández nos sorprende y nos despierta simpatía y admiración. Razzano, en cambio, no nos gusta. Nos cuesta creer que haya sido ésa la manera de cantar de la época y bajamos el volumen del grabador. Martin Fierro vence porque como todo héroe tenia que vencer. Gardel no es héroe; es un triunfador. No necesita vencer, alcanza con que cante. Por eso no debemos esperar de él los consejos moralistas de Fierro. El conocedor de la noche, de la mala vida, de las mujeres, el champagne y el turf debe hablarnos de eso: de los vicios, las carreras, el cabaret. Lo que supuestamente fue su vida.
Porque en Gardel se confunde su vida privada con los versos que cantó, como si su repertorio fuera una autobiografia. A eso se suman anécdotas, testimonios, algún documento -muy cada tanto- y asi conformamos su imagen. La figura de Hernández, en cambio, queda eclipsada por su obra. No nos preocupamos por saber si existe o no algún dato autobiográfico. No nos interesan las anécdotas y -mucho menos- los documentos. Separamos en Hernández la vida y la obra que en Gardel hacemos coincidir.
 
El hombre argentino no canta para entretenerse ni como diversión. El argentino necesita mostrar en su canto las miserias humanas de la clase marginal. Los hijos de Martin Fierro quedaron "sin naides que los proteja / y sin perro que los ladre", librados a su suerte y a ganarse la vida como Dios los ayude. "Eran como los pichones / sin acabar de emplumar", como los huerfanitos parias que muestra el tango: "... a la salida de la milonga / se oye una nena pidiendo pan / Por eso es que en el gotán / siempre solloza una pena", a los chicos que trabajan "vendiendo La Prensa / ganando dos guitas". El hombre maduro se siente impotente y necesita responsabilizar a alguien: a veces a Dios, a veces a la sociedad, a veces al gobierno... "también los que mandan / deberían cuidarnos algo"; deberían, a modo de obligación. Gardel, en cambio, no lo plantea como una obligación del gobierno, sino como una situación incomprensible ("¡Trababajar! ¿Adónde? ¿Extender la mano pidiendo al que pasa limosna, por qué?"); ya no caben en el siglo XX los versos de Fierro: "el gaucho en esta tierra sólo sirve pa votar" o "el ser gaucho es un delito"; porque se supone que el hombre de la ciudad no es marginal en lo que al derecho cívico se refiere, y no hay mayor derecho que la dignidad.
 
Lo que encontramos frecuentemente en el tango son elementos comparativos con los consejos del Martin Fierro a sus hijos. Si aparecen consejos a la piba del barrio que desvió su camino y el buen amigo le dice que piense en su madrecita. Tenemos la imagen de la madre, santa mártir, sabia y consejera, pero que no es escuchada oportunamente por sus hijos. Ella ocuparía el lugar de Fierro en aquello de "Un padre que da consejos / más que padre es un amigo", viejo y golpeado por la vida, aconsejando a sus hijos y al de Cruz. Pero si bien se mencionan "los consejos de la madre" en forma genérica, no encontramos aquello de "los hermanos sean unidos" o "debe trabajar el hombre", que sibien podría sobreentenderse, no está especificada.

"Es siempre en toda ocasión en el trago el peor enemigo" es la antítesis del "Tomo y obligo" del hombre de tango que permanentemente recurre al vino para olvidar sus penas, o al champagne como símbolo de la alegría, el esnobismo, las noches de Paris. Hernández, si bien menciona la bebida en algunas oportunidades, lo hace muy superficialmente, excepto en el canto IX: "lo agarramos mano a mano / entre los dos al porrón / en semejante ocasión / un trago a cualquiera encanta / y Cruz no era remolón / ni mezquinaba garganta", oportunidad en que la vida de Fierro había estado en peligro.
 
Martín Fierro y Carlos Gardel: Dos pilares fundamentales de nuestra cultura popular. Dos prototipos del hombre argentino. Y, en ambos, la intención de continuar la obra: "Todavia me queda rollo por si se ofrece dar lazo" es comparable con las últimas palabras de Gardel al público cuando, la noche antes del accidente fatal, dijo por la radio colombiana La Voz de Víctor, al despedirse: "no puedo decirles adiós, sino hasta siempre... hasta siempre, mis amigos". No despedirse es querer quedarse. Y ambos, también, una casi premonición de la vigencia de su obra. Gardel escribió en una carta a su apoderado Armando Defino que la gente de la Paramount quería "hacer peliculas conmigo hasta el año 2000", algo similar a "me tendrán en su memoria / para siempre mis paisanos".
 
Sin embargo, con todos estos puntos en común, existe una marcada diferencia en cuanto a la forma en que el público recepciona a un personaje y a otro.
 
Podriamos decir que Martin Fierro es un personaje tradicional: asi fue concebido, dijo lo que está escrito y sería un sacrilegio modificarle una coma. Gardel, en cambio, es folclórico: ponemos en su boca frases que jamás dijo o le hacemos vivir cosas que nunca vivió.
Para algunos, ésta es una característica de mito popular, pero, si lo comparamos con otros mitos populares de la Argentina Siglo XX (Yrigoyen, Perón, Evita o Maradona), encontramos diferencias que lo hacen incomparables: A Yrigoyen lo admiran los radicales, el resto de la gente simplemente lo respeta; lo mismo sucede con Perón y Evita; nadie los niega, pero sólo los peronistas los siguen. Maradona es idolo dentro de la cancha; fuera, pocos lo admiran y nadie tiene interés en imitarlo. Ninguno de ellos es un modelo, un patrón completo, en todas sus facetas. Y todos ellos, en mayor o menor medida, generan o han generado odios. Los cuatro son "Gardel" en lo suyo, pero solamente en lo suyo. Gardel, en cambio, fue tan admirado en todos los aspectos que su nombre ha pasado a ser adjetivo (o, mejor dicho, un superlativo) al que ya nada más cabe agregar. Cuando decimos "sos Gardel" ya está todo dicho. Pero no decimos "sos Perón" ni "sos Maradona". Gardel fue el mejor en su arte, pero también fue el mejor amigo, el mejor hijo, el más simpático, el que triunfó con las mujeres, el que cantó para reyes, el elogiado por Caruso... Gardel es sinónimo de éxito, de triunfo, de creatividad, de transgresión artistica.
 
Fue "el primero" en (cantar el tango canción, actuar en cine sonoro, grabar a dúo consigo mismo, etc.). Y una de las características más asombrosas, es que ya sobre el siglo XXI continúan apareciendo discos, peliculas, versiones sobre su nacimiento, vida, obra y muerte. Para muchos, el halo de misterio que rodea a Gardel es uno de los ingredientes fundamentales del mito. Pero Yrigoyen también estuvo rodeado de misterios y, sin embargo, su figura no es comparable con la de Gardel. Perón, Evita y Maradona no han reunido estos misterios y son considerados mitos populares. Para otros, el "mito Gardel" se debe a que surgió desde muy abajo y llegó a lo más alto, como Evita y Maradona. Pero Yrigoyen y Perón, si bien llegaron a lo más alto, no surgieron de los de más abajo y son mitos populares.
 
Por eso preferimos tomar a Gardel como un símbolo, como un elemento folklórico, un símbolo, como dijimos, del éxito, de lo mejor de lo mejor, de la permanente superación. Un elemento folclórico porque surge de la Argentina (o del Rio de la Plata) sin raíces y en forma espontánea. Necesitábamos una figura que nos representara, alguien con quien identificarnos, alguien que fuera el mejor, una síntesis de nosotros mismos, como había sido el "Martín Fierro" para el gaucho. "Un Dios a semejanza de lo que quisimos ser y no pudimos", como dijo Humberto Constantini. Pero en este caso no fue creado a la voluntad de una pluma magistral como la de José Hernández. Fue un real y tuvo su propia voz inigualable, la sonrisa cachadora de la picardía criolla, la galantería del porteño, el desarraigo del inmigrante, la travesura del gaucho, los gustos refinados de Francia. Y la sencillez de los grandes. Por eso no pertenece a un sector, sino que ha actuado y actúa como elemento unificador. Centro-barrio, criollo-inmigrante, rico-pobre convergieron en Carlos Gardel. Por eso nos pertenece a todos. Por eso no genera odios. Por eso no pierde vigencia. Más que un mito, un simbolo, un elemento folclórico. Resulta inconcebible hablar de la Argentina o del Río de la Plata y no mencionar a Gardel. Gardel "es" la Argentina y el Río de la Plata. Un fenómeno inédito en otros paises. Motivo de estudio para los extranjeros que no tienen un "Gardel", aunque tengan mitos populares. Porque ha pasado a ser un elemento cotidiano, tan familiar que a los jóvenes les cuesta ubicarlo a principio del siglo, porque sigue "estando" a través de su imperecedero "El día que me quieras", la canción argentina más grabada en el mundo entero.
 
Quizás por eso los expertos en publicidades hayan utilizado su figura para las propagandas más insólitas: el dentífrico "con gardol" o el aceite de autos que "cada día lubrica mejor" porque es "el Gardel de los lubricantes", lencería femenina, campañas políticas, naranjas y manzanas "el Morocho del Abasto", hasta la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires o el juego de quiniela, yerba mate, caramelos y caña quemada.
 
Para muchos, un mito; aunque para otros, pura realidad concreta, histórica. Para algunos, un ídolo, aunque se habría desvanecido pronto. Para otros, una figura manipulada inescrupulosamente. Para los extranjeros -que no comprenden este "Sentimiento Gardel"- simplemente el mejor cantor (aunque se habría ido junto con el farolito, el empedrado, los taitas y el lengue que ya no aparecen más en los tangos). Para nosotros, un símbolo del tango -nacido como folklore en el Río de la Plata-; un símbolo del hombre de la ciudad, con un mensaje tan parecido al del gaucho. Por eso cada vez que se confecciona un banderín de la Argentina, inevitablemente aparece la figura de un criollo barbado (como inventándole un rostro al Martin Fierro) y la sonrisa de Gardel, como Símbolo paradójico de la tristeza del argentino. Un símbolo de nosotros mismos, que nos sorprende cantando cada día mejor.
 
 

 

 

 

Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.42    mayo-junio  2000


 

 


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